Siembra veinticuatro.

Fernando Oviedo

Mirando el cenit de hace medio día.
Veintitrés variedades entre dogos, tumbos, geranios, paltos, frutillas, molles, tomillos, campanillas, jazmines, varas de san José, lágrimas de la virgen, oréganos, poros, cuatro variedades de caléndulas, gladiolos y otros hierbajos florecidos del cual ni sé sus nombres, rumas de asuntillos que van contagiando sus aromas, colores y encantos; frecuentan allí q'entes, chiwankos, tankas, urpis, entre otros pájaros con sus tertulios e improntas; además de monarcas, avispas, abejas y abejorros, también marchan hormigas, escarabajos, cochinillos de humedad y demás insectos, querer olvidarse de arañitas y gusanillos, para al fin crear tamaño paisaje laxo, ahora entero para humanos habituales y advenedizos de último aliento; en diversidad de brisa, vientecillo y cielo en recreo de insomnio diurno; allí reunidas yacen las pequeñas tinajas de cerámica y sus residuos de aguaceros de tardes, y delante del alfeizar, el mediano pisco que traído a rastras desde más allá del desierto de paracas, yace trémulo en su descanso acompañado de míticos cuencos líticos y sus rastros de moliendas; conviven así mis revuelcos de imágenes con los cantos rodados colorados que ya quisiera incrustarlos en el disemino de tanto roquerío volcánico que convive en humedad; sumados a los que ni sé sus nombres, ya pronto serán veinticuatro!: llegó a este mundillo cipselas de achicoria amarga.
 
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