Byroniana
Poeta fiel al portal
A mi Siglo,
por quien lloro cada instante
de haberlo perdido,
de que haya muerto.
por quien lloro cada instante
de haberlo perdido,
de que haya muerto.
Siglo XIX
¡Qué desgraciada elocuencia
traza impertinente
la importuna delincuencia
de mi sapiencia inoportuna!
¡Qué desajuste de proverbia
digo a entendedor
de mucha ciencia,
que mucha es poca,
y de poca tribuna
tiene razón de banalidades
segmentas!
Más solo vengo a hablar
de mi grandeza,
que grande soy por doquier
y por proezas,
que soy grande
y que nadie lo entienda,
si no se quiere entender
del arte de la miseria.
¡Ah! Siglo de la honrada razón,
que por valuarte no tienes
ningún rey sino triviales desidios.
Siglo de marionetas y ciencias,
de rameras y teatro,
de Poesía y dolor.
Siglo cobarde que exhibe
de todo menos amor
¿Me tachas a mí de mujer?
¿O me niegas ser hombre?
¿Qué me respondes a ser?
En mis babas escupo a tu varón,
por si alguno el poder sobre mí
pretendiera ejercer,
en mi dialecto segrego
la suficiente entraña
para insultar al mismo Dios,
si es que este me quemara;
en mi coraje, el vino y las armas,
y en mi honor doy mi cuerpo
a esos desventurados sin calma.
Pero de amor no les debo nada.
Así que grande soy, aunque
me odies, y vanidosa, aunque
me quieras, por pretenderte,
ya muerto, robarte el triunfo
de tu fracaso. De tu intelecto.
¡Desvergonzado siglo de
mis adentros! Yo soy la enferma
de los que nunca perecieron,
la que arrastró sangre
por todos aquellos tus duelos,
la cobarde que tú llamaste
por ser mujer, filósofa y perro.
La que nunca se entregó
a amores que no siento.
La deslenguada por hacer
del verbo poesía al viento.
Soy mujer. Quien jamás te perdonará
que me hayas enseñado a Amar.
Porque fuiste la muerte
que más quise,
y el dolor que más siento.
¡Qué desgraciada elocuencia
traza impertinente
la importuna delincuencia
de mi sapiencia inoportuna!
¡Qué desajuste de proverbia
digo a entendedor
de mucha ciencia,
que mucha es poca,
y de poca tribuna
tiene razón de banalidades
segmentas!
Más solo vengo a hablar
de mi grandeza,
que grande soy por doquier
y por proezas,
que soy grande
y que nadie lo entienda,
si no se quiere entender
del arte de la miseria.
¡Ah! Siglo de la honrada razón,
que por valuarte no tienes
ningún rey sino triviales desidios.
Siglo de marionetas y ciencias,
de rameras y teatro,
de Poesía y dolor.
Siglo cobarde que exhibe
de todo menos amor
¿Me tachas a mí de mujer?
¿O me niegas ser hombre?
¿Qué me respondes a ser?
En mis babas escupo a tu varón,
por si alguno el poder sobre mí
pretendiera ejercer,
en mi dialecto segrego
la suficiente entraña
para insultar al mismo Dios,
si es que este me quemara;
en mi coraje, el vino y las armas,
y en mi honor doy mi cuerpo
a esos desventurados sin calma.
Pero de amor no les debo nada.
Así que grande soy, aunque
me odies, y vanidosa, aunque
me quieras, por pretenderte,
ya muerto, robarte el triunfo
de tu fracaso. De tu intelecto.
¡Desvergonzado siglo de
mis adentros! Yo soy la enferma
de los que nunca perecieron,
la que arrastró sangre
por todos aquellos tus duelos,
la cobarde que tú llamaste
por ser mujer, filósofa y perro.
La que nunca se entregó
a amores que no siento.
La deslenguada por hacer
del verbo poesía al viento.
Soy mujer. Quien jamás te perdonará
que me hayas enseñado a Amar.
Porque fuiste la muerte
que más quise,
y el dolor que más siento.