Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
Silencios Devanados
iv.
Llamas avientan la tarde.
Nadie encontró destrozos, canicas, ostras,
en los entreveros del oleaje al final de la costa.
Nadie dijo nada cuando de alejarse a las playas se trataba.
Fuegos. De improviso se enumeran los episodios
donde la memoria regurgita sus dolores.
¿Acaso principie el candor, el ardid, el hallazgo
de un potrillo encuadrando el horizonte?
Vaguedad de la flora impunemente renaciendo.
Aquí, la aurora, renuente revienta los osarios
donde la esperanza reditúa sus afanes.
¿Acaso, un sorbo de miedo desespera la bulimia,
redarguya el tiempo sus pudorosos portales?
iv.
Llamas avientan la tarde.
Nadie encontró destrozos, canicas, ostras,
en los entreveros del oleaje al final de la costa.
Nadie dijo nada cuando de alejarse a las playas se trataba.
Fuegos. De improviso se enumeran los episodios
donde la memoria regurgita sus dolores.
¿Acaso principie el candor, el ardid, el hallazgo
de un potrillo encuadrando el horizonte?
Vaguedad de la flora impunemente renaciendo.
Aquí, la aurora, renuente revienta los osarios
donde la esperanza reditúa sus afanes.
¿Acaso, un sorbo de miedo desespera la bulimia,
redarguya el tiempo sus pudorosos portales?
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