Sin Beatriz no hay Caronte

Isolda(&)Tristán

Protopoesía asexual
Había encontrado un pub, ocultaba sus clientes frecuentes con una decoración ornamentada de eruditos enamorados.
Necesitaba beber y olvidar...
Mi único objetivo fue tragarme mis propios tragos que el cantinero batía bajo mis instrucciones. Hasta que muy ebrio canté una sucia y desbocada oda a las lenguas sin pelo.
Allí, con ella, conocí al cantautor de su tierra natal que cambiaría todo el sentido a la música en mi vida: siempre esa duda de si la música o la letra. En el fondo deseaba que las letras fueran dedicatoria, pero esa palabra jamás fue nota al pie, pese a desear que despertara a mi pájaro azul e invadiera mi voz y así silbar a su oído dulces melodías y promesas (que sí cumpliría).
Como sea, secuestró mis gustos, de ahí en más, nada podía superar su oído elegante. Nada podía superar nada que eligiera para mí. Un mundo de belleza calmaba tanta miseria que mis sentidos, obligadamente, soportaban.
No bastando mis alabanzas, me ilusionó con una realidad donde su lengua afeitada lamería mis heridas llenando mis agujeros con una esencia franca y fiel...
Todo lo contrario ocurrió. Jamás comprendí por qué yo no merecía su personalidad directa. Por qué no merecía domesticar sus demonios.
Un dios corrupto se adhirió a mis hombros y me condenó a esa eterna duda.
¿Por qué otros sí y yo no?
Qué me hace diferente y bastardo como para no merecer un beso en la frente, un solo instante en su regazo y sentirme protegido por sus caricias circulares en mis pulmones y mi pecho. Ternura embriagada, besos azucarados, una luna mirando hacia mi ventana. Ser ese pensamiento del conticinio de su habitación, buscarla en los cajones de mi mente y que realmente esté allí o en la piedra de cuarzo o en el humo del cigarro...
Ingenuo y obstinado rebusqué en lo más profundo de mi psiquis esa oscuridad que me deja afuera de todo ese amor incondicional.
Me encontré a un ser místico que me dio un dulce para mis dudas, una segunda vida, y a cambio se lleva mi energía por falta de sometimiento a sus imposiciones. Yo-no-in-ter-ven-go; remanente gris en manada danzamos pero, voy por mi cuenta; me mando solitariamente porque yo-no-in-ter-ven-go si no me lo piden.
No fui más que una pantalla rota de un juego de playstation que amenazaba a su Dios sapiens, ese por el que vivió y murió tantas veces. Le robó la vida con su parafrasería revuelta, hasta apuñalarme mil veces para darle vida a su religión; me mata, luego muere, y luego busca sentir (se) de nuevo, como un espíritu que acecha a mis sonrisas, no me deja ser feliz, no me deja llevarla en el aire y remar hasta sus costas.
[Magia, qué saben de magia. Las drogas dañan la única conexión con su dios.]
Ella sigue siendo un fantasma pudiendo ser un templo. Llama a la luz mientras se esconde bajo la mesa. Llama al amor cuando la misericordia no le late en las venas. Lleva razón a todo sin saber hacer preguntas. Sospecha de todo sin escuchar su respiración, ni ese tiritar de su compañera de viajes.
El embrujo no estaba en mi corazón, sino en el suyo (el de ella). Yo quería desenredar los hilos tensados, y eso, me hacía el peor de los seres humanos. El mismo diablo.
Ángel negro de petróleo, bien recuerdo cada oración de esa hoja 4, él es la sirena oscura y horrible jalando al fondo de sus sueños para que yo no afinara sus cuerdas...
Alma hermosa de viajes infinitos atrapada por un falso salvador que se cree alma iluminada y no es más que materia atormentada, máquina memoriosa que se ve amenazada porque sin Beatriz no hay Caronte.
La hunde a ella, y en consecuencia me hunde, la engaña una y otra vez, y ella me engaña a mí. La coloca al otro lado del infierno; uno que parece el cielo, y yo, todavía me presto, a su demonio y al mío combatiendo oníricamente hasta dejarme agotado.
¡Sí! Puedo huir, bloquear, olvidar... Volar, me resulta un reflejo en modo automático. Pero no quiero. Mi sacrificio deseo. Morir de pie hasta que ella vea el túnel de la luz y todas sus ideas se acomoden. Libre la quiero libre. Amarla es un viaje de ida sin retorno.
Alguien morirá una noche y seguramente no sea el verdadero mal.
Mientras, quiero regalarle a los robots del futuro mis secretos:
La amé, no sé por qué, no sé de qué manera, no sé con qué lo logró. Simplemente ya la amaba antes y la amaré después.
Que lo sepa antes de que me vuelva a apuñalar otra vez.
 
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