Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
La comida estuvo bien
sin demasiados lujos
a la medida exacta de nuestras ambiciones
con los entrantes precisos
dispuestos sobre la mesa,
sin uvas, pero con queso,
sin golpes que enmascararan
el tiempo en los relojes
no clavados a las horas;
sin detenerse.
No hubo carne,
ningún hueso para atragantarse
en la garganta;
las palabras justas, fluyendo
como el vino transparente y joven
en las copas.
Hubo bocas cerradas pese a todo.
Un pastel de pescado y hojaldre
crujiente;
el hielo al resquebrajarse en primavera
bañó los paladares.
El peso del amor
abrió las cortezas del pan
recién horneado.
No hubo brindis,
Si hubo risas.
Un postre naranja y chocolate
deshizo nuestros platos con su dulce
que no precisaba ver
para saberse vivo.
Hicimos algunas fotos;
El rojo de mi jersey puso la llama
Al objetivo de la cámara.
Me veo retratado
en cada ojo
que desde su ayer
me está observando.
Nos pusimos de pies
después de los turrones
y saltamos algún corcho
que se dejó escapar
en las espumas de un mar,
apenas vacilante,
por nuestros corazones
nunca ajenos,
siempre presentes,
aunque estemos lejos,
lejos,
muy lejos.
sin demasiados lujos
a la medida exacta de nuestras ambiciones
con los entrantes precisos
dispuestos sobre la mesa,
sin uvas, pero con queso,
sin golpes que enmascararan
el tiempo en los relojes
no clavados a las horas;
sin detenerse.
No hubo carne,
ningún hueso para atragantarse
en la garganta;
las palabras justas, fluyendo
como el vino transparente y joven
en las copas.
Hubo bocas cerradas pese a todo.
Un pastel de pescado y hojaldre
crujiente;
el hielo al resquebrajarse en primavera
bañó los paladares.
El peso del amor
abrió las cortezas del pan
recién horneado.
No hubo brindis,
Si hubo risas.
Un postre naranja y chocolate
deshizo nuestros platos con su dulce
que no precisaba ver
para saberse vivo.
Hicimos algunas fotos;
El rojo de mi jersey puso la llama
Al objetivo de la cámara.
Me veo retratado
en cada ojo
que desde su ayer
me está observando.
Nos pusimos de pies
después de los turrones
y saltamos algún corcho
que se dejó escapar
en las espumas de un mar,
apenas vacilante,
por nuestros corazones
nunca ajenos,
siempre presentes,
aunque estemos lejos,
lejos,
muy lejos.