JORGE FERNANDEZ RUIZ
Poeta asiduo al portal
SIN ESPERAR NADA.
(A Susana)
Se nos presentó la certeza sin avisar,
rotunda, como amortajada
entre ásperas sábanas de hospital.
Al otro lado de la calle,
sobre las cabezas de los transeúntes,
oscuras aves emigraron al sur
llevándose consigo
algún aspecto de la felicidad.
Cierta aurora enrojeció las esquinas y los días.
Así fue como llegaste desencajada
y ajena a lo oportuno,
planteando urgencias a los sueños.
Aquel fue mi primer desencuentro con la fe
a este lado de la vida.
Pero la mano de la niñita
apartaba tinieblas de algún tipo
y cierto caótico sin- sentido
se fue apagando al fondo de la mirada.
Antes, un rayo de luz había atravesado
la escéptica pupila del desterrado
y pasó un hombre
que no ignoraba los holocaustos
pero ya no tuvo la necesidad de gritar
sus antiguas verdades
que, en otros tiempos, lanzó
como dulzones mordiscos de seminario.
La mano de la niñita
apartaba sombras de algún tipo
y supe de la ternura
olvidada en los andenes.
Ante mí, temblaba la vida
con ese aire de melancólico ensueño
que acorta el camino hacia tus ojos
e inunda todo lo que fue.
Luego vinieron tus pequeños latidos de corazón
como a enseñarme otra forma de amar,
luego las cuencas vacías de tu dicha futura,
luego, por fin, aprendí, a no esperar nada de la vida.
Se nos presentó la certeza sin avisar,
rotunda, como amortajada
entre ásperas sábanas de hospital.
Al otro lado de la calle,
sobre las cabezas de los transeúntes,
oscuras aves emigraron al sur
llevándose consigo
algún aspecto de la felicidad.
Cierta aurora enrojeció las esquinas y los días.
Así fue como llegaste desencajada
y ajena a lo oportuno,
planteando urgencias a los sueños.
Aquel fue mi primer desencuentro con la fe
a este lado de la vida.
Pero la mano de la niñita
apartaba tinieblas de algún tipo
y cierto caótico sin- sentido
se fue apagando al fondo de la mirada.
Antes, un rayo de luz había atravesado
la escéptica pupila del desterrado
y pasó un hombre
que no ignoraba los holocaustos
pero ya no tuvo la necesidad de gritar
sus antiguas verdades
que, en otros tiempos, lanzó
como dulzones mordiscos de seminario.
La mano de la niñita
apartaba sombras de algún tipo
y supe de la ternura
olvidada en los andenes.
Ante mí, temblaba la vida
con ese aire de melancólico ensueño
que acorta el camino hacia tus ojos
e inunda todo lo que fue.
Luego vinieron tus pequeños latidos de corazón
como a enseñarme otra forma de amar,
luego las cuencas vacías de tu dicha futura,
luego, por fin, aprendí, a no esperar nada de la vida.