Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Sufrido de tu ausencia reconozco
esos caparazones oscuros
que crecen en tus uñas
por la noche,
esos deseos enigmáticos
por enmascararte
en las señales de tráfico,
guía de mi camino
hacia tu encuentro.
Hay prohibiciones
que ya no precisan
de los círculos de terror
en los laberintos del pecho;
en realidad, nada es tan preciso
como esa manera que tienes
de envolver estrellas
y ponerlas con sus cinco puntas
delicadamente,
en la cabecera de mi lecho
en ese despertar que me alimenta
haciéndome cosquillas
con su brillo.
En realidad, contigo
las persianas dejan de tener sentido
en las ventanas;
ya no me cierro a esa noche
que cae sobre los párpados
como una lluvia de pétalos
en la escarcha y la funde.
No hay norte
que padezca de frío
si encaja sus pasos en los tuyos,
su caminar alborotado
de hojarasca
que el viento hace exclamar
como un gran fuego.
Yo soy, amor,
la piedra sobre la que edificas
tu rostro;
hazme a tu manera
llenándome de grietas;
sopla en mi boca
todo ese aire de cabellera suelta;
dame la vida
que pocos ya han soñado.
No quiero,
de eso estoy seguro,
ser simple carmín
para tus labios.
Quiero la esperanza
que otros me robaron,
las señales de humo
que me eleven,
de ese polvo que fui
a esa curva
sin fin y sin principio.
esos caparazones oscuros
que crecen en tus uñas
por la noche,
esos deseos enigmáticos
por enmascararte
en las señales de tráfico,
guía de mi camino
hacia tu encuentro.
Hay prohibiciones
que ya no precisan
de los círculos de terror
en los laberintos del pecho;
en realidad, nada es tan preciso
como esa manera que tienes
de envolver estrellas
y ponerlas con sus cinco puntas
delicadamente,
en la cabecera de mi lecho
en ese despertar que me alimenta
haciéndome cosquillas
con su brillo.
En realidad, contigo
las persianas dejan de tener sentido
en las ventanas;
ya no me cierro a esa noche
que cae sobre los párpados
como una lluvia de pétalos
en la escarcha y la funde.
No hay norte
que padezca de frío
si encaja sus pasos en los tuyos,
su caminar alborotado
de hojarasca
que el viento hace exclamar
como un gran fuego.
Yo soy, amor,
la piedra sobre la que edificas
tu rostro;
hazme a tu manera
llenándome de grietas;
sopla en mi boca
todo ese aire de cabellera suelta;
dame la vida
que pocos ya han soñado.
No quiero,
de eso estoy seguro,
ser simple carmín
para tus labios.
Quiero la esperanza
que otros me robaron,
las señales de humo
que me eleven,
de ese polvo que fui
a esa curva
sin fin y sin principio.