Victor F. Sinde
Poeta recién llegado
Seis relojes guarda mi garganta,
Siendo ésta mayor que la razón,
Seis relojes guardo con desazón.
Me despiertan, me acuestan.
Dando besos, descienden por mi esternón,
Mueven sus finas manecillas,
Rodeando las caderas.
Al sonar las noventa campanadas,
¡Relojes! Retrocedan su medición,
Levantad de día a la Luna,
A la Luna matadla de noche,
Al sol hacedlo cavar durmiendo
Y las nubes, ¡dibujad el enterrador!
La pala es un suave viento.
El cajón, mi pie izquierdo.
Al sonar las noventa campanadas,
¡Relojes! Pudrios de inanición.
Yo ya llevo mi propio traqueteo,
Retumba como nuez de tenor,
Se marca,
Se nota,
Porque lo marca el latido de mi corazón.
Siendo ésta mayor que la razón,
Seis relojes guardo con desazón.
Me despiertan, me acuestan.
Dando besos, descienden por mi esternón,
Mueven sus finas manecillas,
Rodeando las caderas.
Al sonar las noventa campanadas,
¡Relojes! Retrocedan su medición,
Levantad de día a la Luna,
A la Luna matadla de noche,
Al sol hacedlo cavar durmiendo
Y las nubes, ¡dibujad el enterrador!
La pala es un suave viento.
El cajón, mi pie izquierdo.
Al sonar las noventa campanadas,
¡Relojes! Pudrios de inanición.
Yo ya llevo mi propio traqueteo,
Retumba como nuez de tenor,
Se marca,
Se nota,
Porque lo marca el latido de mi corazón.