Gustavo Mistral
Poeta reconocido en el portal.
Sin que lo sepas
Yo renuncié a quererte sin que tú lo supieras
pues tampoco sabías, las muchas primaveras
que a escondidas te amaba, que a solas presentía
los sueños más ardientes en que al fin eras mía;
y acaso sospechaste, por mis frases galantes
que algún cariño efímero guardaban mis talantes,
pero no dije nada, mis labios nunca hablaron
aunque mis ojos tristes quizás lo confesaron.
De aquellas madrugadas en que mi pensamiento
era tuyo -tan tuyo-, como este sentimiento
apenas si el recuerdo permanece derecho,
lo demás -lo mudable- ya todo está desecho;
y sin embargo aún puede la misma luna llena
reverdecer el alma que se murió de pena.
Estos versos que nacen en esta noche triste
tú misma, sin saberlo, a solas me los diste
con el tacto del beso que tú y yo no nos dimos,
con el recuerdo intacto de eso que nunca fuimos.
Pero la culpa es mía, yo nunca dije nada
por miedo a que pudieras sentirte enamorada,
pues yo tenía un mundo forjado y concebido,
una rutina exacta de un amor florecido.
Callé como el cobarde que odiando su destino
no abandona su vida, por miedo a que el camino
no tenga la certeza del sol cuando amanece
y en cambio elige el daño que siempre lo entristece.
Sin embargo fue bueno que jamás te enteraras,
porque, probablemente, si hoy día tú me amaras
estos versos que escribo y forman tu pronombre
tendrían otro rostro, otro amor y otro nombre.
Yo renuncié a quererte sin que tú lo supieras
pues tampoco sabías, las muchas primaveras
que a escondidas te amaba, que a solas presentía
los sueños más ardientes en que al fin eras mía;
y acaso sospechaste, por mis frases galantes
que algún cariño efímero guardaban mis talantes,
pero no dije nada, mis labios nunca hablaron
aunque mis ojos tristes quizás lo confesaron.
De aquellas madrugadas en que mi pensamiento
era tuyo -tan tuyo-, como este sentimiento
apenas si el recuerdo permanece derecho,
lo demás -lo mudable- ya todo está desecho;
y sin embargo aún puede la misma luna llena
reverdecer el alma que se murió de pena.
Estos versos que nacen en esta noche triste
tú misma, sin saberlo, a solas me los diste
con el tacto del beso que tú y yo no nos dimos,
con el recuerdo intacto de eso que nunca fuimos.
Pero la culpa es mía, yo nunca dije nada
por miedo a que pudieras sentirte enamorada,
pues yo tenía un mundo forjado y concebido,
una rutina exacta de un amor florecido.
Callé como el cobarde que odiando su destino
no abandona su vida, por miedo a que el camino
no tenga la certeza del sol cuando amanece
y en cambio elige el daño que siempre lo entristece.
Sin embargo fue bueno que jamás te enteraras,
porque, probablemente, si hoy día tú me amaras
estos versos que escribo y forman tu pronombre
tendrían otro rostro, otro amor y otro nombre.
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