Pescador nublado
Poeta que considera el portal su segunda casa
Ya era tarde ese día, cuando te hablé de nuestra simetría perdida.
Cuando me dijiste que el destino no es muy distinto de un niño extraviado
que por el deseo de escuchar las voces de quienes lo buscan
olvida las manos de aquellos que lo crearon.
La sensación de que nos pertenecíamos ya era tan inútil
como un hombre que guarda recuerdos pero olvidó de dónde nacieron.
El deseo de encontrarnos ya había expirado
como un objeto extraviado que ya no fue reclamado.
Ya tenías la mirada demasiado fría para hacerme creer de nuevo,
para decirme que las esperas largas son las que traen las recompensas.
Para mostrarme un mundo donde no somos extraños ni me faltas.
Para decirme que ya no tienes el miedo a la mano.
Nuestros pasos ya marcaban un ritmo distinto
y no tenía sentido pensar que íbamos al mismo sitio.
Como tampoco lo tenía evadir el hecho de que lo que éramos
Se convirtió en una casa que no tiene más que habitaciones vacías
Éramos los libros olvidados en el estante,
las palabras que se quedaron en la punta de la lengua.
Las cicatrices que ya no recuerdan la herida,
los días que ya no saben de las estaciones.
Cuando me dijiste que el destino no es muy distinto de un niño extraviado
que por el deseo de escuchar las voces de quienes lo buscan
olvida las manos de aquellos que lo crearon.
La sensación de que nos pertenecíamos ya era tan inútil
como un hombre que guarda recuerdos pero olvidó de dónde nacieron.
El deseo de encontrarnos ya había expirado
como un objeto extraviado que ya no fue reclamado.
Ya tenías la mirada demasiado fría para hacerme creer de nuevo,
para decirme que las esperas largas son las que traen las recompensas.
Para mostrarme un mundo donde no somos extraños ni me faltas.
Para decirme que ya no tienes el miedo a la mano.
Nuestros pasos ya marcaban un ritmo distinto
y no tenía sentido pensar que íbamos al mismo sitio.
Como tampoco lo tenía evadir el hecho de que lo que éramos
Se convirtió en una casa que no tiene más que habitaciones vacías
Éramos los libros olvidados en el estante,
las palabras que se quedaron en la punta de la lengua.
Las cicatrices que ya no recuerdan la herida,
los días que ya no saben de las estaciones.