cesar curiel
Poeta que considera el portal su segunda casa
Dejé que la sangre corriera por las mejillas
y mi cara; cuando el cielo oscuro cubría
mi madurez temprana.
La infancia fue de dicha, juegos dentro y fuera
de la casa, el tronco del árbol triste
soltaba sus hojas color esmeralda, turquesas y rimas
al aire volaban.
Aquella primavera pronto se fue a la plaza
vestida de blanco subido, con barba y corbata;
pantalones largos, un morral de huichól a la espalda
y un arsenal de versos escritos con horchata,
odas al viento, amores de la distancia.
El jardín se volvió leyenda,
aquel amigo que por las tardes, cómplice me disfrazaba
entre sus ramas y huecos, el verano acababa,
y yo, sentado a la orilla de una cancha,
viendo pasar los años, recordando a mi amada.
Palomas volaban al centro de una quimera larga
con dos torres iguales, un campanario sonaba
cuando siendo las doce, mi vida apenas llegaba.
La juventud se fue de pronto, cual si fuese agua
bebiendo de un golpe mi vida, una daga me asechaba
clavada en mi pecho estaba, y gimiendo por la sangre derramada.
Hoy recuerdo esos tiempos, con melancolía inigualada,
sintiendo los vientos del norte, como golpean mi cara,
llorando mi tierra por dentro, de esa dicha inmaculada.
y mi cara; cuando el cielo oscuro cubría
mi madurez temprana.
La infancia fue de dicha, juegos dentro y fuera
de la casa, el tronco del árbol triste
soltaba sus hojas color esmeralda, turquesas y rimas
al aire volaban.
Aquella primavera pronto se fue a la plaza
vestida de blanco subido, con barba y corbata;
pantalones largos, un morral de huichól a la espalda
y un arsenal de versos escritos con horchata,
odas al viento, amores de la distancia.
El jardín se volvió leyenda,
aquel amigo que por las tardes, cómplice me disfrazaba
entre sus ramas y huecos, el verano acababa,
y yo, sentado a la orilla de una cancha,
viendo pasar los años, recordando a mi amada.
Palomas volaban al centro de una quimera larga
con dos torres iguales, un campanario sonaba
cuando siendo las doce, mi vida apenas llegaba.
La juventud se fue de pronto, cual si fuese agua
bebiendo de un golpe mi vida, una daga me asechaba
clavada en mi pecho estaba, y gimiendo por la sangre derramada.
Hoy recuerdo esos tiempos, con melancolía inigualada,
sintiendo los vientos del norte, como golpean mi cara,
llorando mi tierra por dentro, de esa dicha inmaculada.