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Sobre besos callejeros

Kazor

Poeta adicto al portal
Sobre las diminutas ojeras
existen calles de agonía y miseria.

Desgastes objetivos en las palmas de la mano,
objetos intranquilos retozan en las avenidas.

La ciudad vive lejanamente, inquieta.

Bordean los colores las sombras uniformes de unos labios,
tal vez uniformados o avasallados,
tal vez alguna vez besados o golpeados,
labios que gotean impasibles hacia las alcantarillas.

El amor transmuta seres autóctonos en lejanos extraños,
los gatos brillan en la nocturnidad,
maullando de vez en cuando,
enviando cartas de placer y lujuria.

Los ojos inanimados observan
las vallas y los terrenos de sangre,
los niños y los muertos de hambre,
las luces de un coche al pasar.

Toda ciudad vive sollozando.

El paisaje se odia a sí mismo,
gris y cotidiano,
lleno de costumbres aburridas,
de personajes sin acción.

Quizá un beso salve la agonía,
quizá las nubes lloren para limpiar la miseria,
un perfume o una rosa salve el hedor,
pero la putrefacción no se olvida,
no se inmuta.

Sigue imparable, camina en línea recta,
destruye corazones y convierte a personas
en simples viajeros sin billete,
todos se olvidan tras la muerte.
¿Te recuerdan las tumbas?
Tan solo el nombre.
¿Te recuerdan las personas?
Quizá en su memoria.

Pero solo eso.
Serás gris ceniza que se esfuma entre tablas de madera,
o basura que acompañe al hedor,
serás algo que nadie reconocerá
en una ciudad que se extingue en su belleza,
en una ciudad odiada por sus trastornos,
quizá un beso te salve.

Quién sabe,
pero el amor no lo cura todo.
 
Última edición por un moderador:
Sobre las diminutas ojeras
existen calles de agonía y miseria.

Desgastes objetivos en las palmas de la mano,
objetos intranquilos retozan en las avenidas.

La ciudad vive lejanamente, inquieta.

Bordean los colores las sombras uniformes de unos labios,
tal vez uniformados o avasallados,
tal vez alguna vez besados o golpeados,
labios que gotean impasibles hacia las alcantarillas.

El amor transmuta seres autóctonos en lejanos extraños,
los gatos brillan en la nocturnidad,
maullando de vez en cuando,
enviando cartas de placer y lujuria.

Los ojos inanimados observan
las vallas y los terrenos de sangre,
los niños y los muertos de hambre,
las luces de un coche al pasar.

Toda ciudad vive sollozando.

El paisaje se odia a sí mismo,
gris y cotidiano,
lleno de costumbres aburridas,
de personajes sin acción.

Quizá un beso salve la agonía,
quizá las nubes lloren para limpiar la miseria,
un perfume o una rosa salve el hedor,
pero la putrefacción no se olvida,
no se inmuta.

Sigue imparable, camina en línea recta,
destruye corazones y convierte a personas
en simples viajeros sin billete,
todos se olvidan tras la muerte.
¿Te recuerdan las tumbas?
Tan solo el nombre.
¿Te recuerdan las personas?
Quizá en su memoria.

Pero solo eso.
Serás gris ceniza que se esfuma entre tablas de madera,
o basura que acompañe al hedor,
serás algo que nadie reconocerá
en una ciudad que se extingue en su belleza,
en una ciudad odiada por sus trastornos,
quizá un beso te salve.

Quien sabe,
pero el amor no lo cura todo.

Necesito ampliar esta maravilla, hacer que ascienda y que no pase desapercibida. Voy a agrandar la letra. Voy a subir al cielo de las ciudades monótonas los pasos, sorprendentemente bellos, de tus versos/besos. Un abrazo.
 

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