snaidend
Poeta asiduo al portal
LENTEJAS Y LIBERTAD
“Permanecen las estatuas de aquellos cuyo nombre siglos ha fueron olvidados”. Cuán leve es la existencia humana, cuán tenue su recuerdo, y en raras ocasiones, cuán bellas sus obras. Esta peregrinación a otra época que mora dentro de las paredes del museo arqueológico, en una era desposeída de sensibilidad nos turba hondamente en nuestro interior, tanto anímica como emocionalmente, descomponiendo aquella mística substancia que sostiene la carne que nos aprisiona, pues a través de objetos inanimados, silenciosos, observadores, el yo dormido despierta incómodo y sobresaltado dentro de nosotros, y asustado se reverencia ante la sacra belleza que le rodea.
Desenterrados de sus tumbas, resucitados, despojados de su sueño; ánforas, hidrias, kylikes, lucernas, coronas, puteales, esculturas… eternas. Se alzan majestuosas a nuestro alrededor rodeándonos. Y en su silencio gritan: ¡Mírame a mí! ¡Yo, yo soy el más hermoso! Su nueva residencia es atemporal y la muerte, aunque chilla en la calle, no penetra en su umbral. Aquí no hay envidias, rencores, odios; hay armonía, pureza, pulcritud. Y un velo místico nos incita a susurrarnos entre nosotros como temiendo que nuestras voces alteren el equilibrio entre estas figuras.
Este templo de historia viviente sin vida, humildemente se desplaza y deja su lugar a las voces de nuestra conciencia reprimida hecha manifiesta en el cuerpo de unos actores que se arrebatan y contonean sobre la escena, sobre un teatro La Latina llamado. Y con sus palabras y canciones, sus coros y andares, nos abofetean mientras reímos, pues riendo creemos que estamos por encima de los males que nos acechan, hurtan y nos asesinan. Pluto, dinero ¿Grecia? Eso parece, mas es un burdo engaño, una máscara que adorna para que no nos incomode demasiado.
Pudiendo, hago uso de una mala escuchada letra de una canción para definir lo que la obra dice de la sociedad que fue y es: lentejas y libertad; comer y vivir, sobrevivir, malvivir. Mientras nos saciamos olvidamos que somos esclavos hasta que llegada la ausencia, nuestra paciencia se agota y demandamos irritados que cambie el presente, haciendo un irrisorio intento de actuar libremente. Esta tragedia edulcorada con máscaras sonrientes portadas nos hace reflexionar, consiguiendo el fin que buscaban y con suerte, nos dejaremos educar por esta pantomima mientras vemos cómo en la escena se afanan y alteran dentro de su cuadrada realidad, delimitada por las reglas opresoras que encadenan, estas sombras que corretean.
“Permanecen las estatuas de aquellos cuyo nombre siglos ha fueron olvidados”. Cuán leve es la existencia humana, cuán tenue su recuerdo, y en raras ocasiones, cuán bellas sus obras. Esta peregrinación a otra época que mora dentro de las paredes del museo arqueológico, en una era desposeída de sensibilidad nos turba hondamente en nuestro interior, tanto anímica como emocionalmente, descomponiendo aquella mística substancia que sostiene la carne que nos aprisiona, pues a través de objetos inanimados, silenciosos, observadores, el yo dormido despierta incómodo y sobresaltado dentro de nosotros, y asustado se reverencia ante la sacra belleza que le rodea.
Desenterrados de sus tumbas, resucitados, despojados de su sueño; ánforas, hidrias, kylikes, lucernas, coronas, puteales, esculturas… eternas. Se alzan majestuosas a nuestro alrededor rodeándonos. Y en su silencio gritan: ¡Mírame a mí! ¡Yo, yo soy el más hermoso! Su nueva residencia es atemporal y la muerte, aunque chilla en la calle, no penetra en su umbral. Aquí no hay envidias, rencores, odios; hay armonía, pureza, pulcritud. Y un velo místico nos incita a susurrarnos entre nosotros como temiendo que nuestras voces alteren el equilibrio entre estas figuras.
Este templo de historia viviente sin vida, humildemente se desplaza y deja su lugar a las voces de nuestra conciencia reprimida hecha manifiesta en el cuerpo de unos actores que se arrebatan y contonean sobre la escena, sobre un teatro La Latina llamado. Y con sus palabras y canciones, sus coros y andares, nos abofetean mientras reímos, pues riendo creemos que estamos por encima de los males que nos acechan, hurtan y nos asesinan. Pluto, dinero ¿Grecia? Eso parece, mas es un burdo engaño, una máscara que adorna para que no nos incomode demasiado.
Pudiendo, hago uso de una mala escuchada letra de una canción para definir lo que la obra dice de la sociedad que fue y es: lentejas y libertad; comer y vivir, sobrevivir, malvivir. Mientras nos saciamos olvidamos que somos esclavos hasta que llegada la ausencia, nuestra paciencia se agota y demandamos irritados que cambie el presente, haciendo un irrisorio intento de actuar libremente. Esta tragedia edulcorada con máscaras sonrientes portadas nos hace reflexionar, consiguiendo el fin que buscaban y con suerte, nos dejaremos educar por esta pantomima mientras vemos cómo en la escena se afanan y alteran dentro de su cuadrada realidad, delimitada por las reglas opresoras que encadenan, estas sombras que corretean.