guerrero verde
Poeta veterano en el portal.
El ave seguía dando vueltas sobre mi.
La veía con dificultad por una fracción de segundo
cuando sus alas oscuras eclipsaban al sol vil
que incineraba mi piel de vagabundo.
La arena me invadía con cada ola de viento,
con cada ola en la que navegaban escorpiones
sumiéndose a la deriva de los silfos violentos.
Pasaban y miraban con indiferencia mis pasiones,
me observaban como cuando se observa a la pobreza desnuda .
Alrededor todo era silencio,
vacío y vida rebosante en un árido desierto.
Todo era vida menos mi cuerpo consumido.
Pensaba por horas que no habría sepelio,
ni cremación, ni entierro.
Entierro como deseaba un entierro,
cavar todos esos metros
burlando a la muerte y su designio.
Cavar para encontrar el liquido elemento
mas no mi final ausente de lamentos.
El parpadeo de mis ojos se hacía lento,
pesado y cada vez más pausado.
Estaba rendido, mis dedos no dibujaban caminos,
mis brazos no trazaban alas de ángel con las que añoraba volar.
De pronto sentí un viento hermoso sobre mi,
una sombra que me resguardaba del sol,
un roce plumífero que me alejaba del fin.
El soplo constante creaba halos sobre mi estomago
liberando la hinchazón de mi prolongada inhibición.
Era un ser gentil, más solo veía su abanico de oscura plumas.
Ahora sudaba gélidas gotas sobre mi frente
y la sed era saciada por torrentes de una pócima que nacía de mi boca.
Empecé a convulsionar con constricciones invisibles,
hasta que las cadenas que atan el alma a la carne
se quebraron dejándome libre como burbuja que busca superficie.
Mientras me elevaba a la nada, al paraíso, al agua,
voltee para agradecer con una mirada
a la dama que hizo de mi ultima hora un placer alquímico.
Con pena y sopeso tan solo vi al ave negra que rondaba
devorar con gratitud mis vísceras resecas por el destino.
La veía con dificultad por una fracción de segundo
cuando sus alas oscuras eclipsaban al sol vil
que incineraba mi piel de vagabundo.
La arena me invadía con cada ola de viento,
con cada ola en la que navegaban escorpiones
sumiéndose a la deriva de los silfos violentos.
Pasaban y miraban con indiferencia mis pasiones,
me observaban como cuando se observa a la pobreza desnuda .
Alrededor todo era silencio,
vacío y vida rebosante en un árido desierto.
Todo era vida menos mi cuerpo consumido.
Pensaba por horas que no habría sepelio,
ni cremación, ni entierro.
Entierro como deseaba un entierro,
cavar todos esos metros
burlando a la muerte y su designio.
Cavar para encontrar el liquido elemento
mas no mi final ausente de lamentos.
El parpadeo de mis ojos se hacía lento,
pesado y cada vez más pausado.
Estaba rendido, mis dedos no dibujaban caminos,
mis brazos no trazaban alas de ángel con las que añoraba volar.
De pronto sentí un viento hermoso sobre mi,
una sombra que me resguardaba del sol,
un roce plumífero que me alejaba del fin.
El soplo constante creaba halos sobre mi estomago
liberando la hinchazón de mi prolongada inhibición.
Era un ser gentil, más solo veía su abanico de oscura plumas.
Ahora sudaba gélidas gotas sobre mi frente
y la sed era saciada por torrentes de una pócima que nacía de mi boca.
Empecé a convulsionar con constricciones invisibles,
hasta que las cadenas que atan el alma a la carne
se quebraron dejándome libre como burbuja que busca superficie.
Mientras me elevaba a la nada, al paraíso, al agua,
voltee para agradecer con una mirada
a la dama que hizo de mi ultima hora un placer alquímico.
Con pena y sopeso tan solo vi al ave negra que rondaba
devorar con gratitud mis vísceras resecas por el destino.
::