La soledad no llega de golpe.
No entra rompiendo puertas ni haciendo escándalo.
La soledad se sienta despacio al lado de uno, como un perro cansado, y espera.
Primero te acostumbras a su respiración. Después, a su peso. Luego ya no sabes vivir sin ella.
Creo que empezaste a dejar de amarme el día en que tus silencios duraban más que nuestras conversaciones.
Ahí entendí que uno puede acostarse al lado de alguien y sentirse más solo que en una habitación vacía.
Qué cosa triste es el abandono cuando todavía queda amor.
Porque si ya no sintiera nada, si fueras apenas un nombre viejo guardado en cualquier cajón de la memoria, dolería menos.
Pero no.
Todavía hay partes de mí que te esperan como esperan los tontos: sin horario y sin dignidad.
A veces camino por la casa y me parece absurdo que los objetos sigan en su sitio después de que alguien se va.
La taza donde tomabas café.
La silla.
El rincón de la cama donde dejabas el cuerpo tibio.
Todo permanece, menos nosotros.
Y la soledad…
la condenada soledad tiene tus costumbres.
Se levanta tarde, suspira parecido a ti y se mete conmigo en las noches cuando intento dormir sin pensar.
Yo no sé cuándo uno deja realmente de ser amado.
Tal vez ocurre mucho antes de la despedida.
Tal vez empieza en esos pequeños abandonos diarios:
cuando ya no preguntan cómo estuvo tu día,
cuando tus tristezas molestan,
cuando tus abrazos se vuelven rutina y no refugio.
Lo peor no es que te hayas ido.
Lo peor es esta sensación de quedarme hablando solo con todo lo que nunca pudimos salvar.
Y aun así, mírame…
aquí sigo, haciéndole espacio en la mesa a alguien que ya no vuelve.
No entra rompiendo puertas ni haciendo escándalo.
La soledad se sienta despacio al lado de uno, como un perro cansado, y espera.
Primero te acostumbras a su respiración. Después, a su peso. Luego ya no sabes vivir sin ella.
Creo que empezaste a dejar de amarme el día en que tus silencios duraban más que nuestras conversaciones.
Ahí entendí que uno puede acostarse al lado de alguien y sentirse más solo que en una habitación vacía.
Qué cosa triste es el abandono cuando todavía queda amor.
Porque si ya no sintiera nada, si fueras apenas un nombre viejo guardado en cualquier cajón de la memoria, dolería menos.
Pero no.
Todavía hay partes de mí que te esperan como esperan los tontos: sin horario y sin dignidad.
A veces camino por la casa y me parece absurdo que los objetos sigan en su sitio después de que alguien se va.
La taza donde tomabas café.
La silla.
El rincón de la cama donde dejabas el cuerpo tibio.
Todo permanece, menos nosotros.
Y la soledad…
la condenada soledad tiene tus costumbres.
Se levanta tarde, suspira parecido a ti y se mete conmigo en las noches cuando intento dormir sin pensar.
Yo no sé cuándo uno deja realmente de ser amado.
Tal vez ocurre mucho antes de la despedida.
Tal vez empieza en esos pequeños abandonos diarios:
cuando ya no preguntan cómo estuvo tu día,
cuando tus tristezas molestan,
cuando tus abrazos se vuelven rutina y no refugio.
Lo peor no es que te hayas ido.
Lo peor es esta sensación de quedarme hablando solo con todo lo que nunca pudimos salvar.
Y aun así, mírame…
aquí sigo, haciéndole espacio en la mesa a alguien que ya no vuelve.