Topacios de la mar en calma chica. Abriendo en un crepúsculo de fuego su interior eterno de inmovilidad luminosa. Sólo, ante tal sagrado envite de los dioses; que pugnan por cerrar la negra urna a rebosar de cenizas ya frías, pero que huelen a muerto, bajan de sus pedestales de ónice. Y mascullan entre ellos por el destino despampanante que a todos gobierna. Y mientras así hacen, la cruz gamada que brinda inmortales destellos de luz hacia la tierra madre, culmina su fervoroso paseo triunfal por los ya adormecidos cielos. Quien osa lamentar la muerte de tal insignia aria en la profunda noche no tendrá remedio curativo; de transformada paz. Que corre como un río caudaloso por las venas en espiral de los agraciados amantes de la solemne belleza platónica. Sólo así, la reminiscencia sagrada de la inmortalidad sacudirá sus alas evanescentes. Que crecieron mientras la luna escondía, con un ensueño superlativo, su cara más lúgubre pero atrayente.