Loco
Poeta fiel al portal
Nací para perder cambalaches de lija,
nací ya desnudo vestido de hojalata,
nací para ser dolor puro y crudo.
Y tú me sacaste lágrimas espesas
de mi vaso agridulce en esta estepa
de algodón verde y tierra mojada de vendas,
grande cómo un cielo de líneas por alicatar,
inmenso cómo un mar por desbordar
en una bañera de cristal poroso.
Hicimos surcos en la piel con el arado de cartón
buscando de la vida las sobras del plato, el elixir.
Cerró con candado de agua el frío la cueva,
se abrió un roto y duro manto oscuro,
en penumbra horadamos dormidos cimas
dónde quemar con besos la bandera de los sueños.
Creí toda una vida de pulcritud ser barro sucio,
y tus labios pintados de estrellas negras
me limpiaron hasta lo más profundo
de mi tortuosa y polvorienta senda.
En mis manos se doblo imposible tu cuerpo
trazado entre mis yemas de araña
y mis palmas de cactus longevo.
Chocolate en los labios, aroma negro
que entraba en tu interior de silencio penumbroso.
Me pedías la miel de mis lágrimas espesas,
esas que te inoculabas sin saberlo, sin vida.
Y olvidé el pasado que me desgarró de tajo,
sentí tu aliento en mi sentido vomitado,
dando al corazón, el calor de derretirlo.
Estalló el pétalo rojo en espeso flujo grumoso
que en ojos navegó cómo espuma de embrujo.
Y lloré por mi primer llanto de rabia, agobio y alegría.
Ya tenías sollozo en tu hogar de ácida lluvia de cuervos,
haciendo de él tu aliento vital de musa y prostituta
en la esquina sin luz de un muelle seco.
Dame más, sé que lo pedías, eso te restriegas,
el deseo, lago de esencias sulfurosas envueltas
en un pastel de carne fofa y roja.
Mi primer sollozo, mi primera miel purulenta
antes de la soberbia, el hecho y el sustento
imparable sin freno de garras de los amantes.
Fué un preludio de un viaje por el tobogán
en dónde los sueños se hacen de sudor y risas.
Lágrimas espesas, gotas a cien grados amargas
que tú, en un milagro ateo nuevo de Canaán
conviertes en dulce veneno en nuestras lenguas.
nací ya desnudo vestido de hojalata,
nací para ser dolor puro y crudo.
Y tú me sacaste lágrimas espesas
de mi vaso agridulce en esta estepa
de algodón verde y tierra mojada de vendas,
grande cómo un cielo de líneas por alicatar,
inmenso cómo un mar por desbordar
en una bañera de cristal poroso.
Hicimos surcos en la piel con el arado de cartón
buscando de la vida las sobras del plato, el elixir.
Cerró con candado de agua el frío la cueva,
se abrió un roto y duro manto oscuro,
en penumbra horadamos dormidos cimas
dónde quemar con besos la bandera de los sueños.
Creí toda una vida de pulcritud ser barro sucio,
y tus labios pintados de estrellas negras
me limpiaron hasta lo más profundo
de mi tortuosa y polvorienta senda.
En mis manos se doblo imposible tu cuerpo
trazado entre mis yemas de araña
y mis palmas de cactus longevo.
Chocolate en los labios, aroma negro
que entraba en tu interior de silencio penumbroso.
Me pedías la miel de mis lágrimas espesas,
esas que te inoculabas sin saberlo, sin vida.
Y olvidé el pasado que me desgarró de tajo,
sentí tu aliento en mi sentido vomitado,
dando al corazón, el calor de derretirlo.
Estalló el pétalo rojo en espeso flujo grumoso
que en ojos navegó cómo espuma de embrujo.
Y lloré por mi primer llanto de rabia, agobio y alegría.
Ya tenías sollozo en tu hogar de ácida lluvia de cuervos,
haciendo de él tu aliento vital de musa y prostituta
en la esquina sin luz de un muelle seco.
Dame más, sé que lo pedías, eso te restriegas,
el deseo, lago de esencias sulfurosas envueltas
en un pastel de carne fofa y roja.
Mi primer sollozo, mi primera miel purulenta
antes de la soberbia, el hecho y el sustento
imparable sin freno de garras de los amantes.
Fué un preludio de un viaje por el tobogán
en dónde los sueños se hacen de sudor y risas.
Lágrimas espesas, gotas a cien grados amargas
que tú, en un milagro ateo nuevo de Canaán
conviertes en dulce veneno en nuestras lenguas.