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El día en el que sus labios hundieron mi sonrisa en un abismo eterno, llovía a cántaros, como si el cielo supiera exactamente lo que ocurría en mi corazón.
Con la suavidad de un copo de algodón y la fuerza de huracán pronunció las palabras que tatuaron de desierto mi vida.
Siempre creí que la esperanza era lo último que se perdía y siempre me aferré a ella como si de un bote salvavidas se tratara; sin embargo, ese día murió, no existía, nada se podía hacer.
Quince días, quince malditos días en los cuales la vida se encargó de cobrarme, una a una, las amarguras que en algún momento le reproché. Quince días que están tatuados y que no se borrarán nunca, por más que me arranque la piel y por más deseos de morir que tenga.
Ella siempre sabía lo que quería y esta vez, no fue la excepción, con sumisión aguardó y el resultado fue el esperado.
Esa noche con una sonrisa se despidió de mí y tras un suspiro, abandonó mis brazos para siempre. El vacío que sentí nunca se ha llenado ni siquiera su recuerdo ha podido ocupar su lugar.
Muchas noches me despierto llamándola y las lágrimas acompañan el silencio del eco. Para siempre quedan sus consejos, sus reproches y hasta esas lágrimas que derramó cuando aprendí a leer.
No te extraño, porque extrañar es dejar de pensarte y de tenerte aquí conmigo; pero siempre te necesito, más cuando me siento perdida y tus ojos no están para indicarme la ruta.
Sé que en algún lugar y en algún tiempo nos encontraremos, y que esta lejanía que hoy nos une, fue por decirnos solo un hasta luego.
El día en el que sus labios hundieron mi sonrisa en un abismo eterno, llovía a cántaros, como si el cielo supiera exactamente lo que ocurría en mi corazón.
Con la suavidad de un copo de algodón y la fuerza de huracán pronunció las palabras que tatuaron de desierto mi vida.
Siempre creí que la esperanza era lo último que se perdía y siempre me aferré a ella como si de un bote salvavidas se tratara; sin embargo, ese día murió, no existía, nada se podía hacer.
Quince días, quince malditos días en los cuales la vida se encargó de cobrarme, una a una, las amarguras que en algún momento le reproché. Quince días que están tatuados y que no se borrarán nunca, por más que me arranque la piel y por más deseos de morir que tenga.
Ella siempre sabía lo que quería y esta vez, no fue la excepción, con sumisión aguardó y el resultado fue el esperado.
Esa noche con una sonrisa se despidió de mí y tras un suspiro, abandonó mis brazos para siempre. El vacío que sentí nunca se ha llenado ni siquiera su recuerdo ha podido ocupar su lugar.
Muchas noches me despierto llamándola y las lágrimas acompañan el silencio del eco. Para siempre quedan sus consejos, sus reproches y hasta esas lágrimas que derramó cuando aprendí a leer.
No te extraño, porque extrañar es dejar de pensarte y de tenerte aquí conmigo; pero siempre te necesito, más cuando me siento perdida y tus ojos no están para indicarme la ruta.
Sé que en algún lugar y en algún tiempo nos encontraremos, y que esta lejanía que hoy nos une, fue por decirnos solo un hasta luego.
Corrígeme si estoy equivocada y perdóname si estoy pecando de indiscreta pero...
Esta prosa llena de amor, añoranza y desesperanza, es para tu abuela ¿Verdad? Es decir, ella significó muchísimo para tí.
Armonía siempre atesora lo lindo que vivieron juntas y por nada te des el lujo de perder la esperanza un día te reunirás con ella de nuevo y ella de te dirá "Si yo te dije hasta luego" era "Hasta luego" y te fundirá en un cálido y maternal abrazo.
Te quiero mucho.