danie
solo un pensamiento...
Tres etiquetas de puchos,
ya voy por la cuarta... y no me decido.
Como extraño aquella época
que tenía a los monos "de mi poesía"
redactando sobre máquinas de escribir,
exclavizados, fumando mis cigarrillos y tecleando,
escribiendo toda la maldita noche,
escribiendo mi novela preferida
o alguna puta novela de amor imperfecta.
Pero eran tiempos pasados.
Ah, la vida es así...
uno no tiene ni lo que quiere, ni lo que puede... no siempre.
Y luego aparece tu amante, tu única compañera,
la Soledad frente al espejo,
reflejando la apariencia de tu vejestorio ser.
Pues, ahí, tomas el primer vuelo que salga a Sevilla
para verla aunque sea por el cristal de la ventana a ella.
O por lo menos eso pensabas hacer
pues sabes que ya el tiempo no va a prorrogar un poco más tu juicio.
Y uno se conforma con "eso", con tal vez "aquello"
en donde ni tú eres ya un principe y ni ella una princesa.
Muy posiblemente somos escuerzos hinchados u horrendos sapos.
Y tenemos " esto" aunque ese "esto"
no sé sabe nunca ni lo que valió, fue o será.
Y hablo de ese vuelo que ni así, decidido, nunca tomé.
Cuatro cervezas rubias
y aún no me decido...
No me decido a redactar esta carta,
porque sé que te encanta el silencio, aún de vieja más
y cuando me ves hasta tus ojos se vuelven mudos, ciegos y sordos.
Y no soporto ese lacerante silencio,
esa discución sin palabras que arrasa nuestras almas
como si fueramos los dos sentandos en la barca de Caronte
yendo
vaya a saber a qué lugar
pero muy lejos de la humanidad.
Yo no soy un ser inteligente, puedo ser pensante,
pero eso no te hace inteligente.
es más si piensas mucho dudas y temes,
jamás concretas, no vuelas hasta Sevilla.
La verdad es que ya cada vez más viejo,
ni me acerco un poco al poeta Luis De Cuenca:
"No puedo ir a verte a Marte
ni siquiera al cuarto de la plancha".
Y encima de no ser inteligente escribo por demás,
hablo tambien mucho, demasiado,
expulso vicios en forma de palabras,
y defeco, orino, hasta almuerzo,
todo junto mientras hablo.
Mientras tú, mi niña, solo me observas y callas.
Claramente la ventaja que me llevas es mucha.
Y ahora, ya, el tiempo pasa factura de los estragos de mi vida
y tú, mi amor, ni mis cartas ya lees.
Sinceramente, sé que la inteligencia se centra en callar,
callar como tú callas:
—¿pero cómo carajo se vive/ se siente sin gritar?—
—¿cómo se da un abrazo, un beso?—
—¿cómo se hace el amor sin pronunciar un te quiero?—
—¿cómo se anda por la vida sin tener el corazón en la boca?—
—¿cómo vuelo a sevilla en silencio?—
Y lo más jodido, —¿cómo te miro por el vidrio de la ventana estando mudo?—
Tal vez ahí, se centre nuestra más vil diferencia.
Es que el amor no es solo un músculo erecto
danzando en tu ingle
sino un intento de mueca expresiva y humana.
Un abrazo compasivo
que no nos deje pensar en la muerte.
Como le dije a mi viejo antes de morir en esa oxidada
cama de hospital:
—habla, grita... dime un te quiero, pá... que lo necesito—.
—Dime algo;
porque cuando el silencio llega
uno duerme para siempre—.
ya voy por la cuarta... y no me decido.
Como extraño aquella época
que tenía a los monos "de mi poesía"
redactando sobre máquinas de escribir,
exclavizados, fumando mis cigarrillos y tecleando,
escribiendo toda la maldita noche,
escribiendo mi novela preferida
o alguna puta novela de amor imperfecta.
Pero eran tiempos pasados.
Ah, la vida es así...
uno no tiene ni lo que quiere, ni lo que puede... no siempre.
Y luego aparece tu amante, tu única compañera,
la Soledad frente al espejo,
reflejando la apariencia de tu vejestorio ser.
Pues, ahí, tomas el primer vuelo que salga a Sevilla
para verla aunque sea por el cristal de la ventana a ella.
O por lo menos eso pensabas hacer
pues sabes que ya el tiempo no va a prorrogar un poco más tu juicio.
Y uno se conforma con "eso", con tal vez "aquello"
en donde ni tú eres ya un principe y ni ella una princesa.
Muy posiblemente somos escuerzos hinchados u horrendos sapos.
Y tenemos " esto" aunque ese "esto"
no sé sabe nunca ni lo que valió, fue o será.
Y hablo de ese vuelo que ni así, decidido, nunca tomé.
Cuatro cervezas rubias
y aún no me decido...
No me decido a redactar esta carta,
porque sé que te encanta el silencio, aún de vieja más
y cuando me ves hasta tus ojos se vuelven mudos, ciegos y sordos.
Y no soporto ese lacerante silencio,
esa discución sin palabras que arrasa nuestras almas
como si fueramos los dos sentandos en la barca de Caronte
yendo
vaya a saber a qué lugar
pero muy lejos de la humanidad.
Yo no soy un ser inteligente, puedo ser pensante,
pero eso no te hace inteligente.
es más si piensas mucho dudas y temes,
jamás concretas, no vuelas hasta Sevilla.
La verdad es que ya cada vez más viejo,
ni me acerco un poco al poeta Luis De Cuenca:
"No puedo ir a verte a Marte
ni siquiera al cuarto de la plancha".
Y encima de no ser inteligente escribo por demás,
hablo tambien mucho, demasiado,
expulso vicios en forma de palabras,
y defeco, orino, hasta almuerzo,
todo junto mientras hablo.
Mientras tú, mi niña, solo me observas y callas.
Claramente la ventaja que me llevas es mucha.
Y ahora, ya, el tiempo pasa factura de los estragos de mi vida
y tú, mi amor, ni mis cartas ya lees.
Sinceramente, sé que la inteligencia se centra en callar,
callar como tú callas:
—¿pero cómo carajo se vive/ se siente sin gritar?—
—¿cómo se da un abrazo, un beso?—
—¿cómo se hace el amor sin pronunciar un te quiero?—
—¿cómo se anda por la vida sin tener el corazón en la boca?—
—¿cómo vuelo a sevilla en silencio?—
Y lo más jodido, —¿cómo te miro por el vidrio de la ventana estando mudo?—
Tal vez ahí, se centre nuestra más vil diferencia.
Es que el amor no es solo un músculo erecto
danzando en tu ingle
sino un intento de mueca expresiva y humana.
Un abrazo compasivo
que no nos deje pensar en la muerte.
Como le dije a mi viejo antes de morir en esa oxidada
cama de hospital:
—habla, grita... dime un te quiero, pá... que lo necesito—.
—Dime algo;
porque cuando el silencio llega
uno duerme para siempre—.