Soñaba que un día conocía a una mujer buena. Buena mujer de grandes atributos, de sólidas hechuras, no porque me refiera al término taurino, aunque si tiene esas caderas puede que sí esté bien la analogía, pero bueno, lo cierto es que esta buena mujer se enamoraba de mí, le parecía un tipo muy interesante, hasta bien parecido, sin llegar a ser guapo, ni mucho menos.
Me amaba locamente, incluso a veces me idolatraba. Me sentía como en el Olimpo, como un hombre-dios-griego que batía sus palmas y sus deseos eran cumplidos. Un chasquido de dedos y la petición era una orden.
Y yo amaba a esa mujer. Bueno, la amaba como yo puedo amar, o como yo quiero amar, but I do it. I love her really. Sentía por ella una mezcla de admiración y curiosidad, de enamoramiento y miedo, de celos y amistad.
Yo no la idolatraba, no nací para venerar a las deidades, ni a las de antes ni a las de ahora, y seguramente ni a las que vendrán mañana para beneplácito de sus inventores.
Soñaba esa noche que bebíamos alegremente una copa de vino, nos reíamos de todo, de las sombras del fuego sobre la pared, el ruido del madero seco que crepita y muere entre la ceniza. El vino alimentaba el fragor de la tarde, así como las brasas fundían al rojo vivo los adobes en cuyos hornos se forjaron nuestros cuerpos.
Que buena mujer, que generosidad, que majestuosa forma de expresar sus sentimientos más nobles y puros. Delicada, pero a la vez firme, sin llegar a ser violenta. Enérgica cuando la situación lo ameritaba. Extremadamente comprensiva. Un manojo de caricias y besos. Un abasto repleto de manjares y exquisiteces. La crema y nata de la paciencia y el buen decir. Y bien hacer, claro está.
Una mujer que se toma las cosas, como el amor, muy en serio. Casi religiosamente, una devota de lo que le concierne en el momento y en el lugar apropiados, e incluso inapropiados. Fiel seguidora de los principios dionisíacos y epicúreos. Sustento moral del hedonismo puro y duro. El materialismo y la dialéctica hechos carne y hueso, vísceras y sangre, piel y sentimiento. La voluptuosidad de la materia, cristalizada en ojos pardos y en pechos níveos. En muslos de nácar, en cabellos de ébano que bañan como catarata nocturna la roca esculpida en su espalda.
En mi sueño la veía ahí, sentada junto a la ventana, con la virgen luz del alba cobijando la desnudez de sus manos, la clara palidez de su rostro, enrojeciendo apenas el mágico brillo de sus labios, el resplandor de la punta de su lengua. La veía y la amaba, la amaba sin tocarla, solo con penetrar mis ojos entre sus poros. Los millones de fotones fálicos de luz de mis ojos en los millones de poros de su cuerpo. Una danza ancestral de gozo, de embelezo, de millones de orgasmos cuánticos, nanosexo en el más estricto sentido de la palabra.
Magnífica, se levantaba, caminaba dos pasos, enmudecía la habitación mientras su sombra danzaba con el polvo del viento. Cantaba melodías que solo yo podía oir, escribía poemas que solo yo podía entender. Mira como la luna nos mira, está celosa porque te amo tanto como a ella, me decía. Y yo la entendía. Todo lo que te hago, lo hago en el nombre de tu amor, del amor que sé que me profesas, mucho más grande y más puro que el mío, me hablaba. Y yo la comprendía. Nunca desprecies el amor que doy. Un día este amor se terminará y no habrá marchas atrás. No pienses y creas, no analices ni expliques, no busques la razón, ni la lógica. Solo toma mi amor y dame el tuyo, me insistía. Y yo lo hacía.
Cantaba con voz de brisa, de esa que refresca en la tarde calurosa del trópico. Un día miré tus ojos y en ellos me vi como soy: sola, alejada, esperándote como a la lluvia..., improvisaba. Un día sentí tu piel y el volcán despertó, lava ardiente entre mis venas, erupción que mata y muere..., canturreaba mientras me amaba.
En el sueño me leyó un poema que lo escribió antes de que yo la conozca.
Hasta ayer te busqué
Pero mañana te encontraré.
Daré un paseo por la playa
Respiraré la sal del mar
Y me bañare entre la arena
Levantaré mis ojos al sol
Y tú serás el primer rayo
Que deslumbre mi ser.
Entrarás por cada parte de mí
Serás mío en la medida que sea tuya
Te sentiré si más me sientes.
Sabré en ese instante el sentido de la vida
La razón de la muerte.
Entenderé por fin la felicidad
Y sabré de la desdicha.
Con solo un rayito de luz....
Y yo la amaba más. Parecía que su inspiración era la mía. Que sus musas también me iluminaban. No me cansaba de escuchar sus pésimos poemas y ella nunca se burlaba de mis tontas historias de sueños y de damas perfectas y sucias. Le conté aquella historia donde me enamoré de un imposible. Una mujer 20 años mayor que yo. Pero hermosa. Un piel canela que dejaba entre sus pasos una huella de hormonas, de montañas de indecibles deseos, muchos de ellos grotescos y pervertidos.
Solo me escuchaba y reía conmigo. También le leía mis versos absurdos y patéticos, que jamás llegaron a ser poemas. Los escuchaba y meditaba largo tiempo. Con una rara expresión de incertidumbre e incredulidad, yo diría incluso de escepticismo. Bueno, ella nunca fue mejor poeta que yo. Pagaría, si tuviera, una fortuna por tus besos. No los vendo no los vendo, son todo lo que tengo. Tonterías así le leía. Eres mi vida, pero si tu eres mi vida, mi vida es poca cosa, profundizaba a veces. Ella solo mantenía esa misma expresión.
Una vez la sorprendí. Al calor de tus brazos, una noche desperté, un refugio entre tus manos y entre tus piernas hallé. Decía que había progresado mucho, que hasta había conseguido hacer rimar los versos. Yo lloré de orgullo, le agradecí enormemente y le pedí que hiciera lo que quisiera conmigo. Ella solo dijo cállate no me leas más poemas por ahora. Me amaba y me odiada. Ella sí conocía el amor.
Me amaba locamente, incluso a veces me idolatraba. Me sentía como en el Olimpo, como un hombre-dios-griego que batía sus palmas y sus deseos eran cumplidos. Un chasquido de dedos y la petición era una orden.
Y yo amaba a esa mujer. Bueno, la amaba como yo puedo amar, o como yo quiero amar, but I do it. I love her really. Sentía por ella una mezcla de admiración y curiosidad, de enamoramiento y miedo, de celos y amistad.
Yo no la idolatraba, no nací para venerar a las deidades, ni a las de antes ni a las de ahora, y seguramente ni a las que vendrán mañana para beneplácito de sus inventores.
Soñaba esa noche que bebíamos alegremente una copa de vino, nos reíamos de todo, de las sombras del fuego sobre la pared, el ruido del madero seco que crepita y muere entre la ceniza. El vino alimentaba el fragor de la tarde, así como las brasas fundían al rojo vivo los adobes en cuyos hornos se forjaron nuestros cuerpos.
Que buena mujer, que generosidad, que majestuosa forma de expresar sus sentimientos más nobles y puros. Delicada, pero a la vez firme, sin llegar a ser violenta. Enérgica cuando la situación lo ameritaba. Extremadamente comprensiva. Un manojo de caricias y besos. Un abasto repleto de manjares y exquisiteces. La crema y nata de la paciencia y el buen decir. Y bien hacer, claro está.
Una mujer que se toma las cosas, como el amor, muy en serio. Casi religiosamente, una devota de lo que le concierne en el momento y en el lugar apropiados, e incluso inapropiados. Fiel seguidora de los principios dionisíacos y epicúreos. Sustento moral del hedonismo puro y duro. El materialismo y la dialéctica hechos carne y hueso, vísceras y sangre, piel y sentimiento. La voluptuosidad de la materia, cristalizada en ojos pardos y en pechos níveos. En muslos de nácar, en cabellos de ébano que bañan como catarata nocturna la roca esculpida en su espalda.
En mi sueño la veía ahí, sentada junto a la ventana, con la virgen luz del alba cobijando la desnudez de sus manos, la clara palidez de su rostro, enrojeciendo apenas el mágico brillo de sus labios, el resplandor de la punta de su lengua. La veía y la amaba, la amaba sin tocarla, solo con penetrar mis ojos entre sus poros. Los millones de fotones fálicos de luz de mis ojos en los millones de poros de su cuerpo. Una danza ancestral de gozo, de embelezo, de millones de orgasmos cuánticos, nanosexo en el más estricto sentido de la palabra.
Magnífica, se levantaba, caminaba dos pasos, enmudecía la habitación mientras su sombra danzaba con el polvo del viento. Cantaba melodías que solo yo podía oir, escribía poemas que solo yo podía entender. Mira como la luna nos mira, está celosa porque te amo tanto como a ella, me decía. Y yo la entendía. Todo lo que te hago, lo hago en el nombre de tu amor, del amor que sé que me profesas, mucho más grande y más puro que el mío, me hablaba. Y yo la comprendía. Nunca desprecies el amor que doy. Un día este amor se terminará y no habrá marchas atrás. No pienses y creas, no analices ni expliques, no busques la razón, ni la lógica. Solo toma mi amor y dame el tuyo, me insistía. Y yo lo hacía.
Cantaba con voz de brisa, de esa que refresca en la tarde calurosa del trópico. Un día miré tus ojos y en ellos me vi como soy: sola, alejada, esperándote como a la lluvia..., improvisaba. Un día sentí tu piel y el volcán despertó, lava ardiente entre mis venas, erupción que mata y muere..., canturreaba mientras me amaba.
En el sueño me leyó un poema que lo escribió antes de que yo la conozca.
Hasta ayer te busqué
Pero mañana te encontraré.
Daré un paseo por la playa
Respiraré la sal del mar
Y me bañare entre la arena
Levantaré mis ojos al sol
Y tú serás el primer rayo
Que deslumbre mi ser.
Entrarás por cada parte de mí
Serás mío en la medida que sea tuya
Te sentiré si más me sientes.
Sabré en ese instante el sentido de la vida
La razón de la muerte.
Entenderé por fin la felicidad
Y sabré de la desdicha.
Con solo un rayito de luz....
Y yo la amaba más. Parecía que su inspiración era la mía. Que sus musas también me iluminaban. No me cansaba de escuchar sus pésimos poemas y ella nunca se burlaba de mis tontas historias de sueños y de damas perfectas y sucias. Le conté aquella historia donde me enamoré de un imposible. Una mujer 20 años mayor que yo. Pero hermosa. Un piel canela que dejaba entre sus pasos una huella de hormonas, de montañas de indecibles deseos, muchos de ellos grotescos y pervertidos.
Solo me escuchaba y reía conmigo. También le leía mis versos absurdos y patéticos, que jamás llegaron a ser poemas. Los escuchaba y meditaba largo tiempo. Con una rara expresión de incertidumbre e incredulidad, yo diría incluso de escepticismo. Bueno, ella nunca fue mejor poeta que yo. Pagaría, si tuviera, una fortuna por tus besos. No los vendo no los vendo, son todo lo que tengo. Tonterías así le leía. Eres mi vida, pero si tu eres mi vida, mi vida es poca cosa, profundizaba a veces. Ella solo mantenía esa misma expresión.
Una vez la sorprendí. Al calor de tus brazos, una noche desperté, un refugio entre tus manos y entre tus piernas hallé. Decía que había progresado mucho, que hasta había conseguido hacer rimar los versos. Yo lloré de orgullo, le agradecí enormemente y le pedí que hiciera lo que quisiera conmigo. Ella solo dijo cállate no me leas más poemas por ahora. Me amaba y me odiada. Ella sí conocía el amor.