Salvador Desoler
Poeta recién llegado
Sonata al atardecer
Corren los vientos acariciando hojarascas crujientes,
el gris frescor se abalanza sobre su querido otoño,
un ave alza volátil su canto,
en visiones nebulosas un hombre al piano,
noche, muerte, día,
cada instante lo percibe como soportable,
acorralado por la resignación
de vivir un tiempo que mutila apacible,
a su ritmo nefasto, y allí,
las notas como ojos brillantes,
como poesía embriagada,
¡tan claros hablan!,
-existencia objetivamente dudosa, ¡tan verdadera!-
y allí, esa progresión menor, el ritmo inconstante,
como su corazón resuena la tecla lagrimeada,
tejido de sombra y luz endeble,
no la nombra el armónico, y él,
no la escucha, no la escucha nunca más.
Corren los vientos acariciando hojarascas crujientes,
el gris frescor se abalanza sobre su querido otoño,
un ave alza volátil su canto,
en visiones nebulosas un hombre al piano,
noche, muerte, día,
cada instante lo percibe como soportable,
acorralado por la resignación
de vivir un tiempo que mutila apacible,
a su ritmo nefasto, y allí,
las notas como ojos brillantes,
como poesía embriagada,
¡tan claros hablan!,
-existencia objetivamente dudosa, ¡tan verdadera!-
y allí, esa progresión menor, el ritmo inconstante,
como su corazón resuena la tecla lagrimeada,
tejido de sombra y luz endeble,
no la nombra el armónico, y él,
no la escucha, no la escucha nunca más.