milagrosa
Poeta recién llegado
Soy adicta a tu benevolencia.
Claro
muy claro,
tus ojos de arena castaña,
tu ingenuidad de infante,
tus caminitos agrietados,
tu dulzura,
tu madurez precipitada,
tus sueños,
el ébano de tu pelo,
el rosado de tus besos,
la inmensidad de tus sentimientos.
Soy tan pequeña
que me hundo lentamente
en tus orillas clandestinas
aferrada a naufragar
en los difuminados colores
yacientes en la inmensidad de tus mares.
Soy adicta a tu benevolencia.
He nacido para alabar eternamente
la belleza que derrochas
esa belleza que me vuelve adicta
a cada particula tuya,
de tu alma,
de tu ser,
al aire que expulsas extasiado al amar,
a la humedad que fecundas
en mis rincones de hembra,
soy adicta al movimiento de tus manos,
a la complicidad de tus engaños,
que me vierto lentamente
y me fundo en el castaño de tu piel
en el rubio de tus anhelos,
en el moreno de tu fuego.
Llévame a Buenos Aires
y rompe sin sentimiento
esta dulzura que aun guardo,
arranca de mi piel
este amor acaudalado
que por noches nos unió.
Llévame a Buenos Aires
y destrózame la dicha,
enciérrame en tus manos,
y no me dejes salir de este grito apresurado.
Hazme dueña de mi propia exasperación,
de tu arrogancia inhumana,
de tu cuerpo de roble sobre mi cuerpo de castaña,
lléname del icor que funden tus venas
y rompe este silencio,
este sueño de volvernos a querer.
Claro
muy claro,
tus ojos de arena castaña,
tu ingenuidad de infante,
tus caminitos agrietados,
tu dulzura,
tu madurez precipitada,
tus sueños,
el ébano de tu pelo,
el rosado de tus besos,
la inmensidad de tus sentimientos.
Soy tan pequeña
que me hundo lentamente
en tus orillas clandestinas
aferrada a naufragar
en los difuminados colores
yacientes en la inmensidad de tus mares.
Soy adicta a tu benevolencia.
He nacido para alabar eternamente
la belleza que derrochas
esa belleza que me vuelve adicta
a cada particula tuya,
de tu alma,
de tu ser,
al aire que expulsas extasiado al amar,
a la humedad que fecundas
en mis rincones de hembra,
soy adicta al movimiento de tus manos,
a la complicidad de tus engaños,
que me vierto lentamente
y me fundo en el castaño de tu piel
en el rubio de tus anhelos,
en el moreno de tu fuego.
Llévame a Buenos Aires
y rompe sin sentimiento
esta dulzura que aun guardo,
arranca de mi piel
este amor acaudalado
que por noches nos unió.
Llévame a Buenos Aires
y destrózame la dicha,
enciérrame en tus manos,
y no me dejes salir de este grito apresurado.
Hazme dueña de mi propia exasperación,
de tu arrogancia inhumana,
de tu cuerpo de roble sobre mi cuerpo de castaña,
lléname del icor que funden tus venas
y rompe este silencio,
este sueño de volvernos a querer.