Aquí, donde la madera agranda la palabra
repetida de los rezos,
crecen labios
que precipitan el cuerpo hacia los huesos.
Miro desnudo al Kristo colgado
bajo un oro de idiomas y el rubor de la miseria,
con escalofríos de incienso,
me ciega,
-clausuró la funeraria de cuerpo presente
el lecho de muerte con la castidad del precio-.
Aquí donde huele a rosa y clavel
el canto de las aleluyas,
donde los bancos de madera natural
no se arquean
con el peso repartido de rodillas,
y el hisopo sólo sabe a agua bendecida
de la fuente de la esquina,
soy feliz estando muerto.
No tendré que pedir un crédito al banco
ni pagar al ayuntamiento hogar de muerto.
repetida de los rezos,
crecen labios
que precipitan el cuerpo hacia los huesos.
Miro desnudo al Kristo colgado
bajo un oro de idiomas y el rubor de la miseria,
con escalofríos de incienso,
me ciega,
-clausuró la funeraria de cuerpo presente
el lecho de muerte con la castidad del precio-.
Aquí donde huele a rosa y clavel
el canto de las aleluyas,
donde los bancos de madera natural
no se arquean
con el peso repartido de rodillas,
y el hisopo sólo sabe a agua bendecida
de la fuente de la esquina,
soy feliz estando muerto.
No tendré que pedir un crédito al banco
ni pagar al ayuntamiento hogar de muerto.
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