Cris Cam
Poeta adicto al portal
Subo a una conífera
Ya todos se fueron,
volaron al fatal y puntual vuelo.
Yo, ¡ya no!
Me quedaré en esta playa,
a hurgar las últimas almejas,
atraparé alguno que otro cangrejo,
picaré las últimas bayas de estación.
El volar en muy decepcionante,
un largo esfuerzo para, finalmente,
encontrar las mismas playas,
el mismo trigo,
el mismo sol.
No, yo, ¡ya no!
Mis alas están cansadas.
Cansadas de volar,
cansadas de esperar,
cansadas de luchar.
Con el viento que siempre te lleva,
con el horizonte que nunca se alcanza,
con la tierra que alguna vez te alimenta,
con el mar que rara vez te espeja.
Ahora voy a volar bajo.
Me posaré en aquella conífera,
sus ramas firmes y flexibles, han vencido al viento,
sus raíces, profundas, han horadado la tierra,
sus hojas perennes, han llegado hasta el mar.
Mis patas saltan de rama en rama.
Una araña se descuelga insolente delante de mi pico.
La ignoro.
Salto una rama más arriba.
Por entre los penachos de los otros pinos,
se pueden ver los nidos de los humanos,
lindos para unos pocos, miserables para los muchos.
Allá lejos se puede ver, aún,
el sinuoso rumbo de la bandada.
En ella, mi compañera, que eligió volar, indiferente.
Yo, ya no.
No puedo remar ninguna otra decepción.
No quiero que mi pico no tenga más fuerzas de atrapar peces.
Cae la tarde, me pondré a cantar,
desde esta rama, mirando la rompiente.
Creo que es suficiente, para decir aquí estoy,
al menos una vez en la vida.
Aunque venga silencioso lo siento.
Siento su olor. Su respiración.
Tiene un andar ágil.
Es joven y aún cree en los designios de la especie.
Está pensando que soy buena presa.
Puedo volar hasta el próximo árbol, pero no quiero.
Podría jugar un rato, pero no,
le daré la satisfacción de creer que me puede cazar.
Siento su salto.
El agudo dolor de su garra en mi pecho.
El filo de sus dientes en mi cuello.
Gracias amigo. Adiós.
2002
Ya todos se fueron,
volaron al fatal y puntual vuelo.
Yo, ¡ya no!
Me quedaré en esta playa,
a hurgar las últimas almejas,
atraparé alguno que otro cangrejo,
picaré las últimas bayas de estación.
El volar en muy decepcionante,
un largo esfuerzo para, finalmente,
encontrar las mismas playas,
el mismo trigo,
el mismo sol.
No, yo, ¡ya no!
Mis alas están cansadas.
Cansadas de volar,
cansadas de esperar,
cansadas de luchar.
Con el viento que siempre te lleva,
con el horizonte que nunca se alcanza,
con la tierra que alguna vez te alimenta,
con el mar que rara vez te espeja.
Ahora voy a volar bajo.
Me posaré en aquella conífera,
sus ramas firmes y flexibles, han vencido al viento,
sus raíces, profundas, han horadado la tierra,
sus hojas perennes, han llegado hasta el mar.
Mis patas saltan de rama en rama.
Una araña se descuelga insolente delante de mi pico.
La ignoro.
Salto una rama más arriba.
Por entre los penachos de los otros pinos,
se pueden ver los nidos de los humanos,
lindos para unos pocos, miserables para los muchos.
Allá lejos se puede ver, aún,
el sinuoso rumbo de la bandada.
En ella, mi compañera, que eligió volar, indiferente.
Yo, ya no.
No puedo remar ninguna otra decepción.
No quiero que mi pico no tenga más fuerzas de atrapar peces.
Cae la tarde, me pondré a cantar,
desde esta rama, mirando la rompiente.
Creo que es suficiente, para decir aquí estoy,
al menos una vez en la vida.
Aunque venga silencioso lo siento.
Siento su olor. Su respiración.
Tiene un andar ágil.
Es joven y aún cree en los designios de la especie.
Está pensando que soy buena presa.
Puedo volar hasta el próximo árbol, pero no quiero.
Podría jugar un rato, pero no,
le daré la satisfacción de creer que me puede cazar.
Siento su salto.
El agudo dolor de su garra en mi pecho.
El filo de sus dientes en mi cuello.
Gracias amigo. Adiós.
2002
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