Héctor Uranga
Poeta recién llegado
La soñé una noche de Agosto,
su piel era lluvia temprana,
sus ojos garfios de luna
y su boca... Ya no recuerdo.
Sólo recuerdo el tibio lecho de su espalda
y el asomo de mis dedos en los suyos,
como presagio ignoto y cierto,
como ciruela en primavera
y como línea de agua clara.
La soñé una noche de Agosto.
Desde entonces me visita.
No la sigo, nunca la sigo
y sin embargo en estas horas
me es tan cierta como el viento en mi cabello,
tan ajena como el humo por mis dedos
y tan bronca como el pasto de los montes.
Una noche la soñé...
Jamás ha vuelto.
La sigo cada ruta en la mañana,
la siento cada góndola en la tarde
y aquí, sin el embrujo taciturno,
me acuerdo de su cuerpo
en una noche de Agosto.
su piel era lluvia temprana,
sus ojos garfios de luna
y su boca... Ya no recuerdo.
Sólo recuerdo el tibio lecho de su espalda
y el asomo de mis dedos en los suyos,
como presagio ignoto y cierto,
como ciruela en primavera
y como línea de agua clara.
La soñé una noche de Agosto.
Desde entonces me visita.
No la sigo, nunca la sigo
y sin embargo en estas horas
me es tan cierta como el viento en mi cabello,
tan ajena como el humo por mis dedos
y tan bronca como el pasto de los montes.
Una noche la soñé...
Jamás ha vuelto.
La sigo cada ruta en la mañana,
la siento cada góndola en la tarde
y aquí, sin el embrujo taciturno,
me acuerdo de su cuerpo
en una noche de Agosto.
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