José Luis Galarza
Poeta que considera el portal su segunda casa
Alineados, muestren rectitud, soldados.
Alineados. En vigilia, siempre, no se duerman.
La realidad es una pesadilla, un caos.
El fuego, siempre, el fuego traerá el orden.
Muestren esa fortaleza que se necesita, la madera de la que están hechos.
Alíñense, soldados.
La cobardía no los salva de esta guerra.
La tropa completa responde:
-Sí, mi General.
Firmes.
Petrificados, así esperan el golpe de la muerte.
La mirada al frente.
Nada de distracciones. Nada.
-Sí, mi General.
Al unísono, las palabras atropellan el viento, con la potencia de una demolición controlada… siempre controlada.
-Sí, mi General. A su orden, General.
Coordinados, giro a la derecha, preparen armas, descansen.
Abran fuego.
-Sí, mi General.
Cuando despierte buscará la mañana: con los soldados, con la contienda que se avecine.
Y repetirá el libreto.
Estará recreando el campo de batalla, el único campo por el que fluyen sus emociones, sembradío de muerte y tragedia.
Y dirá, con el desgaste del tiempo, cuando una lágrima es una traición, con la voz obsesiva y deshumanizada:
-A sus órdenes, Patria.
La Patria, claro, su padre.
La gran sombra, el terror ingresa a la mente con la forma de nube y de silencio.
Con ciclópeas mezquindades y un juego de ajedrez en la mesa, preparados para jugar a ser dioses.
-Rece, mi General.
-Viva la Patria.
(Nunca el tono y la intensidad son dignos de la sangre esparcida. El espanto resulta simétrico, tanto como la belleza, he aquí el infierno).
Alineados. En vigilia, siempre, no se duerman.
La realidad es una pesadilla, un caos.
El fuego, siempre, el fuego traerá el orden.
Muestren esa fortaleza que se necesita, la madera de la que están hechos.
Alíñense, soldados.
La cobardía no los salva de esta guerra.
La tropa completa responde:
-Sí, mi General.
Firmes.
Petrificados, así esperan el golpe de la muerte.
La mirada al frente.
Nada de distracciones. Nada.
-Sí, mi General.
Al unísono, las palabras atropellan el viento, con la potencia de una demolición controlada… siempre controlada.
-Sí, mi General. A su orden, General.
Coordinados, giro a la derecha, preparen armas, descansen.
Abran fuego.
-Sí, mi General.
Cuando despierte buscará la mañana: con los soldados, con la contienda que se avecine.
Y repetirá el libreto.
Estará recreando el campo de batalla, el único campo por el que fluyen sus emociones, sembradío de muerte y tragedia.
Y dirá, con el desgaste del tiempo, cuando una lágrima es una traición, con la voz obsesiva y deshumanizada:
-A sus órdenes, Patria.
La Patria, claro, su padre.
La gran sombra, el terror ingresa a la mente con la forma de nube y de silencio.
Con ciclópeas mezquindades y un juego de ajedrez en la mesa, preparados para jugar a ser dioses.
-Rece, mi General.
-Viva la Patria.
(Nunca el tono y la intensidad son dignos de la sangre esparcida. El espanto resulta simétrico, tanto como la belleza, he aquí el infierno).