Qalat Chabir
Poeta que considera el portal su segunda casa
Con todo mi cariño a Calor de Julio
Siempre las noches deparan algún debate
detrás de alguna almohada.
Aquella noche, no fue una noche cualquiera.
Sin saber cómo, y sin recursos escritos en una agenda ya caducada,
te descubrí entre los momentos de ensueños inmensamente infinita.
Eras tú, aunque las sirenas nunca duermen en tierra.
Tu cuerpo,
como una cordillera adormecida en el mes de agosto,
tejía sueños abonados en un pequeño rincón de mis deseos,
y aquel momento todo el espacio se paró de repente.
¡Estos veranos del sur que visten de sudor con sabor a mieles
las alcobas desnudas de aire y los lobos ladran al oído su próxima victima!
Una bocanada amable, colocó tu muslo sereno
en el teatro de mis dedos arlequines y
la ventana, tal vez cómplice, dejó pasar a una golondrina con luz de luna.
Entonces mis manos tuvieron una corazonada
y esbozaron un diminuto corazón en tus labios.
Siempre las noches deparan sorpresas guardadas
en el último cajón de la mesita de noche.
A la mañana siguiente una sencilla flor prímula
posaba sus pétalos en un pliegue azul de la sabana.
Siempre las noches deparan algún debate
detrás de alguna almohada.
Aquella noche, no fue una noche cualquiera.
Sin saber cómo, y sin recursos escritos en una agenda ya caducada,
te descubrí entre los momentos de ensueños inmensamente infinita.
Eras tú, aunque las sirenas nunca duermen en tierra.
Tu cuerpo,
como una cordillera adormecida en el mes de agosto,
tejía sueños abonados en un pequeño rincón de mis deseos,
y aquel momento todo el espacio se paró de repente.
¡Estos veranos del sur que visten de sudor con sabor a mieles
las alcobas desnudas de aire y los lobos ladran al oído su próxima victima!
Una bocanada amable, colocó tu muslo sereno
en el teatro de mis dedos arlequines y
la ventana, tal vez cómplice, dejó pasar a una golondrina con luz de luna.
Entonces mis manos tuvieron una corazonada
y esbozaron un diminuto corazón en tus labios.
Siempre las noches deparan sorpresas guardadas
en el último cajón de la mesita de noche.
A la mañana siguiente una sencilla flor prímula
posaba sus pétalos en un pliegue azul de la sabana.
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