Eduardo Morguenstern
Poeta que considera el portal su segunda casa
¡Sufrir como perros! (¡Sólo aquel que quiere a un perrito juzgue!)
Mis penas
solitarias se pasean
por el patio
desierto
buscando esa figura
tan querida de la perra
diminuta
envuelta en suave pelo,
pequeñita aún
de cinco meses...
de inmediato
aprendimos a querernos,
a jugar alborozados
ella me daba sus suaves mordiscos
en los dedos y en el alma
y yo retribuía con abrazos
y con besos
conmovidos de ternura
(una schnauzer miniatura
sal pimienta).
Teresa estaba aún conmigo
y yo llegaba
del trabajo y tu inocente alegría
me saltaba a la cintura
que llenaba mi alma de frescura
Maggie... Maggie? Maggie!
¿Dónde estás?
¿Por qué no te trae tu mamá?
¡Necesito esa visita!
¡Doble duelo
que es difícil soportar!
Tus lamidas generosas,
tu alegría, tus piruetas,
tus corridas en mi patio,
¡Ya no estás a despertarme
con tus peludas patitas
en el borde de la cama
a las seis!
Aunque tu madre esté ofendida
y vea en mi reclamos
un pretexto
para provocar nuevos contactos,
ni comprende
el sentimiento
de hondo dolor que experimento
al no verte
(al no verlas...)
Por que sigo enamorado
de mi perra
de mi Maggie...
de sus cejas
que parecen un Breznev
de sus barbas
que parecen un enano jardinero,
de sus patitas peludas
¡sus ojitos vivaces! ¡Ay!
Y sus orejas
de enmarañado pelo
su veloz entendimiento
de cada palabra
de cada movimiento...
Te extraño Maggie.
Te sigo queriendo.
Te busco en mi patio
a cada momento.
Tal vez algún día
podamos vernos,
si aún no me olvidas,
dicen que los perros
conservan memoria
por largos tiempos...
Aún las amo
con tiernos recuerdos...
Te espero en el patio
que fuera tan tuyo...
¡Ahora desierto!
(Tu papá del corazón.)
EDUARDO MORGUENSTERN
Mis penas
solitarias se pasean
por el patio
desierto
buscando esa figura
tan querida de la perra
diminuta
envuelta en suave pelo,
pequeñita aún
de cinco meses...
de inmediato
aprendimos a querernos,
a jugar alborozados
ella me daba sus suaves mordiscos
en los dedos y en el alma
y yo retribuía con abrazos
y con besos
conmovidos de ternura
(una schnauzer miniatura
sal pimienta).
Teresa estaba aún conmigo
y yo llegaba
del trabajo y tu inocente alegría
me saltaba a la cintura
que llenaba mi alma de frescura
Maggie... Maggie? Maggie!
¿Dónde estás?
¿Por qué no te trae tu mamá?
¡Necesito esa visita!
¡Doble duelo
que es difícil soportar!
Tus lamidas generosas,
tu alegría, tus piruetas,
tus corridas en mi patio,
¡Ya no estás a despertarme
con tus peludas patitas
en el borde de la cama
a las seis!
Aunque tu madre esté ofendida
y vea en mi reclamos
un pretexto
para provocar nuevos contactos,
ni comprende
el sentimiento
de hondo dolor que experimento
al no verte
(al no verlas...)
Por que sigo enamorado
de mi perra
de mi Maggie...
de sus cejas
que parecen un Breznev
de sus barbas
que parecen un enano jardinero,
de sus patitas peludas
¡sus ojitos vivaces! ¡Ay!
Y sus orejas
de enmarañado pelo
su veloz entendimiento
de cada palabra
de cada movimiento...
Te extraño Maggie.
Te sigo queriendo.
Te busco en mi patio
a cada momento.
Tal vez algún día
podamos vernos,
si aún no me olvidas,
dicen que los perros
conservan memoria
por largos tiempos...
Aún las amo
con tiernos recuerdos...
Te espero en el patio
que fuera tan tuyo...
¡Ahora desierto!
(Tu papá del corazón.)
EDUARDO MORGUENSTERN