Superstición

Kabuki

Poeta recién llegado
Superstición


Al izar el sable,
la jalde katana, el biombo
para el espía, la
bóveda para el reactor;
mi prisión de nervios
y frisos de carne
se trasformaban en
una soledad incontestable.


No vi diamantes,
aljofares de nieve seca
ni carbúnculos de
tísico sol.
La noche era sempiterna
y las Napeas
en decúbito dorsal
se engullían
pan con raticidas,
agostándose juntos a
sus bosques,
como el candil de mi vida.


Sacrifiqué mi libertad,
por un mundo del
alto de un minarete de Alejandría
y oblongo como el número;
que eran alas,
fuertes alones puestos
en vertebras,
que estoy seguro si se podía volar.


Otro vientre,
sin nombres médicos ni cirugía,
sino de canguros y bolsas,
que causan reminiscencias
de estados, que a mojicones
derrumban mis dientes.


Ya en estado de coma
y con síntomas de rabia terminal,
el ángel de la clarividencia
sopla el céfiro de las semillas,
en el momento justo
que la poesía yace anegada
en el crisol.
 
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