Piedad Acosta Ruiz
Poeta recién llegado
Sus manos eran seda,
deslizándose suavemente
por su cabello, como artesano
estrenando huso, buscando su hebra.
Su voz, susurro de brisa primaveral
llevando ecos de ternura al copo de los árboles,
su mirada..., manantial donde realizaban
las doncellas mariposas su marcha nupcial.
En su regazo, como un niño,
sus penas dormitaban...
anatomía del calor, haciendo que
desde la diferencia, brotara el amor.
En su maternal anatomía
dejó la semilla de la vida,
una prole, una raza
una humana generación.
Su piel, hoja en blanco
para deslizar el fino pincel,
derramando los primaverales
colores de Caño Cristales.
Lienzo demasiado
maternal para extenderlo…
y con angelical dulzura
enmarcarlo en el universo.
deslizándose suavemente
por su cabello, como artesano
estrenando huso, buscando su hebra.
Su voz, susurro de brisa primaveral
llevando ecos de ternura al copo de los árboles,
su mirada..., manantial donde realizaban
las doncellas mariposas su marcha nupcial.
En su regazo, como un niño,
sus penas dormitaban...
anatomía del calor, haciendo que
desde la diferencia, brotara el amor.
En su maternal anatomía
dejó la semilla de la vida,
una prole, una raza
una humana generación.
Su piel, hoja en blanco
para deslizar el fino pincel,
derramando los primaverales
colores de Caño Cristales.
Lienzo demasiado
maternal para extenderlo…
y con angelical dulzura
enmarcarlo en el universo.