Sus ojos no son ya sus ojos, parecen más bien cavidades insípidas y oscuras en las que ni siquiera distingo sus pupilas entre ese iceberg que las contiene. Su rostro es ahora hermético y estático, con una expresión impertérrita, extraña y agria que me inquieta y asusta. Es un desconocido que habita en mi casa, que duerme en mi cama.
¿Seré una extraña yo también para él?
¿Seré una extraña yo también para él?
Última edición: