OctavioValencia
Poeta recién llegado
Lanzo la colilla tal como mi cuerpo se lanza en los brazos de la incertidumbre, esperando así mi posible resurrección al cantar de las trompetas. ¿Será que si arrojo más lejos aún la colilla que yace entre mis dedos de paz, lograré levantarme nuevamente, o dormiré eternamente ardiendo entre el creciente fuego que quema mis recuerdos?
Mi piel absorbe la suciedad del cigarro en mano mientras luces intermitentes me ciegan con indiferencia.
Aún en la nada me permiten ver aquella alma que vaga en los caminos de la creciente luna, donde paso tras paso le da color a su sombra tal como el sol le otorga morados, anaranjados y azules matices a las nubes grises que invaden la ciudad.
Las mañanas avecinan el frío, reflejando la tristeza en la escarcha que cubre aquella flor de león en el solitario pasto de su entorno.
Colapso ante recuerdos aquellos donde las luces de los autos me arrollan contra mi nostalgia.
Mis zapatos sucios por la retorcida pena de esta, mi ciudad, donde los únicos rastros que hay son las heces de los perros y de sus huellas marcadas en el arrepentimiento del pavimento.
Le ha faltado el aliento a esta cuenca vacía, donde las únicas sensaciones las halla en aquellas porosas plantas acariciándolo cual frío en las noches, donde las miradas caen sobre su espalda añadiéndole más peso a su pobre alma solitaria.
¿Si de tu casa se te preguntara, cuál dirías que es, si tuvieras la libertad de expresarlo sin que nadie se sienta ofendido? Me pregunté, al observar a aquella perdida, coja y vagabunda alma hablando con las cenizas de lo que fue su vida.
Al observar más detenidamente, me percato de que su cuerpo se deshace por la tristeza que emana todo su ser, esparciendo una enfermedad incurable deliberadamente entre todos nosotros.
A lo lejos veo cómo concluyen las consecuencias del abandono a esos cofres llenos de tesoros y esperanzas, que se marchan de este mundo perdidas en sí mismas, solo preguntándose si así les hacen un favor a todas esas personas que le arrojaron miradas llenas de osmio sin darse cuenta de que cargaba con todos los recuerdos de su precaria niñez, juventud y adultez.
¿Qué será de nosotros si seguimos arrojando miradas sin tomarle el real peso a estas? ¿Qué quedará dentro de los cofres si los seguimos olvidando de aquella forma? Dime, ¡qué quedará!
Mi piel absorbe la suciedad del cigarro en mano mientras luces intermitentes me ciegan con indiferencia.
Aún en la nada me permiten ver aquella alma que vaga en los caminos de la creciente luna, donde paso tras paso le da color a su sombra tal como el sol le otorga morados, anaranjados y azules matices a las nubes grises que invaden la ciudad.
Las mañanas avecinan el frío, reflejando la tristeza en la escarcha que cubre aquella flor de león en el solitario pasto de su entorno.
Colapso ante recuerdos aquellos donde las luces de los autos me arrollan contra mi nostalgia.
Mis zapatos sucios por la retorcida pena de esta, mi ciudad, donde los únicos rastros que hay son las heces de los perros y de sus huellas marcadas en el arrepentimiento del pavimento.
Le ha faltado el aliento a esta cuenca vacía, donde las únicas sensaciones las halla en aquellas porosas plantas acariciándolo cual frío en las noches, donde las miradas caen sobre su espalda añadiéndole más peso a su pobre alma solitaria.
¿Si de tu casa se te preguntara, cuál dirías que es, si tuvieras la libertad de expresarlo sin que nadie se sienta ofendido? Me pregunté, al observar a aquella perdida, coja y vagabunda alma hablando con las cenizas de lo que fue su vida.
Al observar más detenidamente, me percato de que su cuerpo se deshace por la tristeza que emana todo su ser, esparciendo una enfermedad incurable deliberadamente entre todos nosotros.
A lo lejos veo cómo concluyen las consecuencias del abandono a esos cofres llenos de tesoros y esperanzas, que se marchan de este mundo perdidas en sí mismas, solo preguntándose si así les hacen un favor a todas esas personas que le arrojaron miradas llenas de osmio sin darse cuenta de que cargaba con todos los recuerdos de su precaria niñez, juventud y adultez.
¿Qué será de nosotros si seguimos arrojando miradas sin tomarle el real peso a estas? ¿Qué quedará dentro de los cofres si los seguimos olvidando de aquella forma? Dime, ¡qué quedará!