El aire todavía conservaba
la brasa de tu palabra.
Y un vago resplandor
me quemó la cara
cuando quise leer tu mano.
Dejaste marcado el libro,
por despistar,
en una página cualquiera.
Cuando saliste a la terraza.
Tu silencio había crecido
como un río que termina
por desbordarse cada mayo.
Y lo común se hizo corriente
al darme cuenta
que la hoguera
repentina de tus labios,
que tus ventanas y tus venas,
ya no darían paso.
Así, con cierta angustia,
y casi que con desgano,
asumí que tus versos
estaban en el humo
de un cirio recién soplado.
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