Alguien anonimo
Poeta recién llegado
Volver a vivir ese momento sublime.
Los últimos cinco minutos
se transformaron en una eternidad
su mente se nubló totalmente,
diría que se desconectó de su cuerpo
para darle paso a ese sentimiento que acapara por completo.
Cuando la vio irse, sus ojos nunca
la vieron de una forma carnal
solo admiraban su contorno casi perfecto
modelada por el mejor escultor
que omnipotente sacó a brillar
todo su egoísmo ese día.
Su trabajo y sus responsabilidades
todo su mundo se paró en esos instantes
no hubo lugar para reacciones,
por un momento pensó en hablarle
pero algo lo paralizó, se sintió
como un niño al ver su evidente
pasión a la vista de los demás.
Ella nunca dejó de fijar su vista
hacia el horizonte casi con un dejo de tristeza.
Pero… ¿quién sería el culpable de tal miserable acto?
¿quién podría robarle esos minutos?
que escondían en su rostro tal congoja.
Ella esperó la siguiente parada del ferrocarril
Y al pararse de su asiento todos los presentes
se detuvieron para admirar su femineidad
con una apariencia fría y ningún gesto se
dispuso a bajar.
Fue como si estuviese sola en ese vagón
con tanta gente, pero su soledad no hacia más que brillar,
cuando casi se disponía a bajar
miró el asiento en el que yo estaba sentado;
ya la pena era evidente no la podía ocultar.
Me sonrojé al ver su actitud
pensé que se había dado cuenta de que
no hice más que mirarla esos cinco
minutos en los que subí.
En ese momento cobardemente bajé la vista
estaba totalmente inhibido.
Fue ahí que noté algo raro en ella
porque había fijado la vista en mi asiento
como si estuviese ¡vacío!…
¿Acaso pudo ignorarme? No creo,
su mirada fue más que auténtica
para ella no había nadie ahí.
Se escucha el anuncio de bajada próxima.
La gente empieza a bajar con normalidad
pero, me sigue mirando hasta que estalla
una gota cristalina de sus ojos cansados
agotados de una aparente cotidianeidad.
Gira la cabeza y baja las escaleras.
Su gesto era la prueba, carencia de amor.
Fue cuando la impotencia me abrazó
no pude hacer nada, me quedé estático
Solo veía sus pasos alejarse
tanta belleza y tristeza a la vez
la hacían única y a ese momento también.
Lo que hubiese dado por conocerla
en otra circunstancia tal vez…
Sentí el vacío de su partida
algo me decía que no volvería a verla
lo sentía en mi corazón.
El solo trataba de hacer eterno su recuerdo
por alguna razón.
De repente, estoy solo en ese vagón,
la gente había desaparecido
y me encontraba en la estación que
suelo abordar para volver a casa.
No podía entender lo que sucedió,
fue como perder el tiempo y espacio.
Estaba totalmente desconcertado.
Pero…
¿Cómo pude despertar en ese lugar?
No tenía ningún sentido.
Tomo mi portafolio y salgo.
¿Alguna idea?, ninguna más que sentarme
en ese banco junto al anciano solitario.
No encontraba explicación posible
creo que no dije una palabra desde que bajé
y ese anciano tampoco.
Al cabo de unos minutos, el hombre estrecha su mano
y la apoya en mi hombro.
Que cálido es su gesto, hasta se parece
al que mi padre me daba de pequeño.
Y dice... Este es el final del recorrido, ¿estás listo para volver?
No quiero ser descortés, yo no lo conozco dije.
¿pero volver, a dónde señor?
Que intrigante y además por qué esa confianza pensé
Él creía conocerme, aunque nunca lo había visto,
parecía estar loco.
¡A casa hijo!, esas fueron sus palabras.
Mi casa, tu casa, nuestro reino...
me pediste un deseo muy especial y yo accedí.
Parte de este era olvidarte de todo,
porque querías que fuera real
como el día que cambió tu vida.
¿Pero qué es todo este circo
de incoherencias? —exclamé dentro mío.
¡Maldito anciano!, ¿por qué trata de incomodarme
con tales fantasías?
Y Sus palabras eran muy firmes… nunca vaciló.
Tristemente mi razón no tuvo objeción alguna hacia lo dicho.
Y mi cuerpo mostró fielmente ese shock
con un sudor helado brotando de mi espalda.
Y fue que le dije; ¡usted no me conoce!
No sabe nada de mí… ¡maldito loco!
¡Lárguese de aquí!
Está bien muchacho —contestó.
No quisiera irme sin saber…
Y se dispuso a hacerme una pregunta...
¿Podrías decirme tu nombre entonces?
Pero… ¡qué altanería!! Claro —le respondí.
Haría lo que sea para librarme de su presencia.
Me llamo… yo me llamo…
¿Cómo diablos me llamo?
¿¡quién es usted, y quién soy yo!?
La cruel e inexorable fusión
ocurrió, cuando la ira se transformó en llanto.
Para entonces estaba recobrando mis sentidos.
Pediste verla por última vez y por eso
estás acá, luego del accidente ese fue
tu último deseo.
Viajaste en ese vagón como solías
hacerlo al volver a tu hogar.
Hoy tendrías 35 años, y sería tu aniversario
número diez de casado.
Viajaste con la chica que te deslumbró,
a la que no pudiste hablarle porque no estabas ahí.
En esos cinco minutos te enamoraste de ella
ahí en ese vagón la conociste,
porque ella supo en su interior
que otra clase de hombre estaba frente a ella
cuando le ofreciste tu asiento hace diez años atrás.
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