Antomar Alas
Poeta recién llegado
Es ya tarde esta hora,
el rígor mortis abate al sol,
haciéndole lanzarse en la boca de la tierra.
Ya no mujan “niñas”,
que sus llantos a nadie importan.
Han de partir en genocidas manos;
talvez sus almas tengan destino, y reparen en lustroso prado.
¿Por qué el corazón de la hacienda
no sabe llorar sangre, sino mugre?
¿Por qué no permiten, a las vírgenes del monte
beber caulote y no infierno?
Ambición criminal, espíritu del mal.
Ya será hora de piedad,
de un poquito de sapiencia,
que les haga deleitar el andar
y no el óbito;
el vivir sin deuda,
como el primero que nació
sin ver nuestro maldito rostro.
Tarde, demasiado; y aún esperan
con lagos como ojos, que el rumbo cambie;
y que ese río de maldad se seque,
y aparezca otro que alimente un buen mar:
el de la igualdad.
el rígor mortis abate al sol,
haciéndole lanzarse en la boca de la tierra.
Ya no mujan “niñas”,
que sus llantos a nadie importan.
Han de partir en genocidas manos;
talvez sus almas tengan destino, y reparen en lustroso prado.
¿Por qué el corazón de la hacienda
no sabe llorar sangre, sino mugre?
¿Por qué no permiten, a las vírgenes del monte
beber caulote y no infierno?
Ambición criminal, espíritu del mal.
Ya será hora de piedad,
de un poquito de sapiencia,
que les haga deleitar el andar
y no el óbito;
el vivir sin deuda,
como el primero que nació
sin ver nuestro maldito rostro.
Tarde, demasiado; y aún esperan
con lagos como ojos, que el rumbo cambie;
y que ese río de maldad se seque,
y aparezca otro que alimente un buen mar:
el de la igualdad.
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