F. CABALLERO SÁNCHEZ
Poeta recién llegado
Tardíos consejos maternales
-¡Ay, Madre,
me siento desgraciada!
-Lo sé
-¿Acaso presentías mi desgracia?
- Las madres somos brujas con los hijos
Miramos el espejo de sus ojos y los gestos de su cara
y nos dicen siempre si hay disgustos
-¿Y tú puedes saber lo que me mata?
- Espero me lo digas, hija mía…
-Escucha con paciencia, madre, y calla.
que quiero concentrarme y referirte
las cuitas de mi vida de casada.
-Quizás lo presentía
y por eso me siento tan culpable y apenada
-Yo siempre había envidiado
la vida que llevabas
unida en matrimonio con mi padre.
¡Tan cariñoso, contigo, siempre se mostraba
que era, pues, la envidia
de todos los amigos y vecinos de la casa!
y para mí, vosotros,
el claro espejo de vida que esperaba
Y ahora… que tengo ya mi hogar
no encuentro aquella placidez que yo soñaba.
Es raro el día que transcurre sin disputas
por fútiles motivos o mínimas bobadas…
y todo me disgusta
y hace que me sienta despreciada
- Lo siento, hija mía,
lo siento en el alma.
-¿Por qué no es mi marido, como padre?
-Y tú, ¿por qué no intentas ser un poco más cristiana?
Yo quiero transmitirte
algún que otro secreto que guardamos las casadas
secretos que aprendimos en la brecha
de un día a día con paciencia y con constancia
Tú te has creído que el amor es de novela
o de películas rosas y baratas
Pues no, hija mía, ten en cuenta
que la fuente del amor está basada
en un quehacer de comprensión y entrega,
en un constante batallar, sacrificada,
con transparencia honesta
y de respeto mutuo en la palabra
Hermoso es el castillo de novela,
y, sin embargo, la felicidad se basa
en construir, entre dos, la fortaleza
con sudor, con ladrillos y argamasa
porque ha de servir de residencia
y de hogar, de la nidada,
de los hijos que Dios mandarnos quiera
y do ambos vivirán con esperanzas.
No te niego que a veces se discrepa,
que se tienen muchas veces opiniones encontradas,
que surgen en momentos… que no esperas…
después… los ánimos se calman
y todo, como siempre, después de una tormenta
las aguas se decantan
el alma se serena
cuando los dos se abrazan
o uno de los dos, en un impulso conciliador, al otro besa.
Tú nunca presenciaste en nuestra casa
entre tu padre y yo, jamás, peleas
palabras discordantes, desabridas palabras
porque tuvimos siempre gran prudencia,
quizás inconsciente, porque el cariño amansa,
de sortear, con maniobras discretas,
inevitables discrepancias
que surgen siempre en convivencia.
Yo quise que vivieses bien cuidada
resolviendo tus males y problemas
procurando estuvieses alejada
de las cosas que te fuesen más molestas,
y evitando dolores, sufrimientos y desgracias.
Y no supe inculcarte, con la voz de la experiencia,
que siempre es necesaria
cómo se debe vivir en convivencia
Me culpo, sí, me culpo mi ignorancia
creyendo que el amor siempre compensa
a la débil infancia
para apartarla de males y molestias.
Grave error. Hoy me avasalla
los pasos que seguí con esta idea.
¡Si te hubiera enseñado a sufrir… sabrías que el amor es dádiva,
entrega a los demás… para obtener cosecha!
No es culpa tuya lo que llamas desgracia.
ha sido mía que no supe marcarte la vereda
para alcanzar la vida de esperanza
¡He sido “madre buena”!
¡Mas no he sido la “buena madre” que soñaba!
me siento desgraciada!
-Lo sé
-¿Acaso presentías mi desgracia?
- Las madres somos brujas con los hijos
Miramos el espejo de sus ojos y los gestos de su cara
y nos dicen siempre si hay disgustos
-¿Y tú puedes saber lo que me mata?
- Espero me lo digas, hija mía…
-Escucha con paciencia, madre, y calla.
que quiero concentrarme y referirte
las cuitas de mi vida de casada.
-Quizás lo presentía
y por eso me siento tan culpable y apenada
-Yo siempre había envidiado
la vida que llevabas
unida en matrimonio con mi padre.
¡Tan cariñoso, contigo, siempre se mostraba
que era, pues, la envidia
de todos los amigos y vecinos de la casa!
y para mí, vosotros,
el claro espejo de vida que esperaba
Y ahora… que tengo ya mi hogar
no encuentro aquella placidez que yo soñaba.
Es raro el día que transcurre sin disputas
por fútiles motivos o mínimas bobadas…
y todo me disgusta
y hace que me sienta despreciada
- Lo siento, hija mía,
lo siento en el alma.
-¿Por qué no es mi marido, como padre?
-Y tú, ¿por qué no intentas ser un poco más cristiana?
Yo quiero transmitirte
algún que otro secreto que guardamos las casadas
secretos que aprendimos en la brecha
de un día a día con paciencia y con constancia
Tú te has creído que el amor es de novela
o de películas rosas y baratas
Pues no, hija mía, ten en cuenta
que la fuente del amor está basada
en un quehacer de comprensión y entrega,
en un constante batallar, sacrificada,
con transparencia honesta
y de respeto mutuo en la palabra
Hermoso es el castillo de novela,
y, sin embargo, la felicidad se basa
en construir, entre dos, la fortaleza
con sudor, con ladrillos y argamasa
porque ha de servir de residencia
y de hogar, de la nidada,
de los hijos que Dios mandarnos quiera
y do ambos vivirán con esperanzas.
No te niego que a veces se discrepa,
que se tienen muchas veces opiniones encontradas,
que surgen en momentos… que no esperas…
después… los ánimos se calman
y todo, como siempre, después de una tormenta
las aguas se decantan
el alma se serena
cuando los dos se abrazan
o uno de los dos, en un impulso conciliador, al otro besa.
Tú nunca presenciaste en nuestra casa
entre tu padre y yo, jamás, peleas
palabras discordantes, desabridas palabras
porque tuvimos siempre gran prudencia,
quizás inconsciente, porque el cariño amansa,
de sortear, con maniobras discretas,
inevitables discrepancias
que surgen siempre en convivencia.
Yo quise que vivieses bien cuidada
resolviendo tus males y problemas
procurando estuvieses alejada
de las cosas que te fuesen más molestas,
y evitando dolores, sufrimientos y desgracias.
Y no supe inculcarte, con la voz de la experiencia,
que siempre es necesaria
cómo se debe vivir en convivencia
Me culpo, sí, me culpo mi ignorancia
creyendo que el amor siempre compensa
a la débil infancia
para apartarla de males y molestias.
Grave error. Hoy me avasalla
los pasos que seguí con esta idea.
¡Si te hubiera enseñado a sufrir… sabrías que el amor es dádiva,
entrega a los demás… para obtener cosecha!
No es culpa tuya lo que llamas desgracia.
ha sido mía que no supe marcarte la vereda
para alcanzar la vida de esperanza
¡He sido “madre buena”!
¡Mas no he sido la “buena madre” que soñaba!
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