Tarjetas de felicitaciones, de año nuevo,
tarjetas de cumpleaños cliché
con un mensaje cliché,
pedazos de cartón comerciable
para recordarle a alguien
que ha sido el estereotipo
perfecto.
Pero, esperen, ese no es su defecto.
Dile que la amas o que lo amas,
tantas veces cuantas quieras,
hasta que la frase sufra de obesidad
por las veces que la alimentas
de sí misma.
Y ese no es el defecto
de las desesperadas tarjetas.
Me quejo de sus mensajes cortos, mensajes breves,
demasiado sobrecargados,
destinados para confesar
lo desconocidos que somos,
para saber que el remitente
es un extraño.
Pero, esperen, déjenme explicarme mejor.
No soporto que la gente se conforme
con la impresión unidireccional
que piensan que cultivan.
Es una falta de respeto por ambos lados.
No soporto que crean que soportarlos es sencillo,
que piensen que su afecto a veces no es un poco mamón,
que su negocio es imprescindible,
y se engañen con una definición inagotable.
Porque a cada segundo se cambian las opiniones,
la gente a veces no importa,
a veces es tu centro de atención,
a veces te acusan
o te elevan.
Y este trecho que hace
a cada uno que pueda leer esto
una maldita monstruosidad real
(palpable),
es lo que se daña
al abreviarnos
en tarjetas.
tarjetas de cumpleaños cliché
con un mensaje cliché,
pedazos de cartón comerciable
para recordarle a alguien
que ha sido el estereotipo
perfecto.
Pero, esperen, ese no es su defecto.
Dile que la amas o que lo amas,
tantas veces cuantas quieras,
hasta que la frase sufra de obesidad
por las veces que la alimentas
de sí misma.
Y ese no es el defecto
de las desesperadas tarjetas.
Me quejo de sus mensajes cortos, mensajes breves,
demasiado sobrecargados,
destinados para confesar
lo desconocidos que somos,
para saber que el remitente
es un extraño.
Pero, esperen, déjenme explicarme mejor.
No soporto que la gente se conforme
con la impresión unidireccional
que piensan que cultivan.
Es una falta de respeto por ambos lados.
No soporto que crean que soportarlos es sencillo,
que piensen que su afecto a veces no es un poco mamón,
que su negocio es imprescindible,
y se engañen con una definición inagotable.
Porque a cada segundo se cambian las opiniones,
la gente a veces no importa,
a veces es tu centro de atención,
a veces te acusan
o te elevan.
Y este trecho que hace
a cada uno que pueda leer esto
una maldita monstruosidad real
(palpable),
es lo que se daña
al abreviarnos
en tarjetas.