jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
antes, cuando recorría el camino
pedregoso que bordeando el río
desde el pueblo lleva hasta la puerta
de tu casa, lo hacía con los pies
ligeros, la mirada viva, el corazón
latiendo apresurado y rebosante
de amor o lo que fuese aquella cosa
que entonces yo sentía por ti, hoy
me arrastro desganado y triste cada vez
que voy a ver a los niños y dejarte
la pensión que el juez determinó, y
mientras avanzo voy pensando en qué
nueva estupidez les habrás dicho acerca
de su "horrible padre" y
qué retahíla de quejas prorrumpirá esta vez
de tus rabiosos labios cuando
me pongas tu agria jeta por delante
-los brazos en jarras-, que el dinero
no te alcanza, que el carro necesita
llantas nuevas, que la niña
tiene pesadillas, que ya con esta van tres veces
que rompo mi promesa de llevarlos
a disneylandia en vacaciones, voy pensando
lo distante del tiempo en que tú eras
toda sonrisas y arrumacos y mirada
de borrego moribundo y yo venía los sábados
a verte y tú tomabas mi mano y nos sentábamos
en la hamaca que cuelga entre los mangos
del patio y me decías entonces que sin mí
tu vida era un maldito infierno
pedregoso que bordeando el río
desde el pueblo lleva hasta la puerta
de tu casa, lo hacía con los pies
ligeros, la mirada viva, el corazón
latiendo apresurado y rebosante
de amor o lo que fuese aquella cosa
que entonces yo sentía por ti, hoy
me arrastro desganado y triste cada vez
que voy a ver a los niños y dejarte
la pensión que el juez determinó, y
mientras avanzo voy pensando en qué
nueva estupidez les habrás dicho acerca
de su "horrible padre" y
qué retahíla de quejas prorrumpirá esta vez
de tus rabiosos labios cuando
me pongas tu agria jeta por delante
-los brazos en jarras-, que el dinero
no te alcanza, que el carro necesita
llantas nuevas, que la niña
tiene pesadillas, que ya con esta van tres veces
que rompo mi promesa de llevarlos
a disneylandia en vacaciones, voy pensando
lo distante del tiempo en que tú eras
toda sonrisas y arrumacos y mirada
de borrego moribundo y yo venía los sábados
a verte y tú tomabas mi mano y nos sentábamos
en la hamaca que cuelga entre los mangos
del patio y me decías entonces que sin mí
tu vida era un maldito infierno
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