Te escribo una carta

dragon_ecu

Esporádico permanente
Escribo sin decir tu nombre
por cuanto la primera vez nos besamos
sin conocernos.

No tuvimos necesidad de apellidos
ni de títulos o tarjetas.

Fueron solo apetitos...
musica acalorada
de esa que te empapa la ropa
de algo más que sudor.

Unos tragos y medias luces
con la intermitencia
de desnudarnos sin verguenza.

Senti tu pecho hincando mi torso
cuando abrazada a mí caías de espaldas...
y mis brazos sostenían la pared
hasta que se fundieran nuestros latidos.

La noche se volvió jungla
oscura y ruidosa
cuando los dedos hurgaban tierras ajenas
exprimiendo quejidos inexplorados.

Mientras la cordura libaba impaciente
esperando a ver si los rayos del día
nos devolvería la cordura.

Ojos felinos hambrientos
consumieron mis últimas ternuras
para volverme un salvaje.

Sintiendo las olas estallar
sobre ambos
sin atinar a soltar
o agarrar más.

Espasmos de ahogo y desmayos
hasta despuntar la aurora.

La primera luz descubrió completo tu rostro.
Y tus ojos identificaron el mío.

"No le digas a nadie"...
se volvería con el tiempo
nuestra despedida.

Pasado el tiempo mis recuerdos tocan el papel
talvez por una necesidad de no olvidar
de volver a tocar y hasta decir
todo cuanto no te pude decir antes
o talvez...
porque en tu casa se interponía tu marido...
y en la mía mi mujer.
 
Última edición:
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dragon_ecu, hay un momento en tu poema donde todo cambia de registro: cuando pasamos del encuentro físico descrito con metáforas salvajes —"La noche se volvió jungla / oscura y ruidosa"— a esa confesión final tan directa y cruda sobre las realidades que se interponían. Es un giro brutal que funciona porque desnuda la verdad detrás de toda la pasión anterior.

Me impacta cómo construyes el crescendo erótico con imágenes cada vez más intensas hasta llegar a
Espasmos de ahogo y desmayos / hasta despuntar la aurora
, y luego ese descenso hacia la luz que revela no solo los rostros, sino las complicaciones. El uso del encabalgamiento en esos versos finales crea una cadencia dubitativa que contrasta con la urgencia anterior.

Esa frase entre comillas, "No le digas a nadie", funciona como un puente entre dos mundos: el de la pasión sin nombre y el de las identidades que pesan. El poema se vuelve entonces no solo el recuento de un encuentro, sino la confesión de por qué necesita escribir lo que no pudo decir.

La honestidad de esos versos finales, sin adornos ni metáforas, golpea precisamente porque contrasta con toda la intensidad sensorial anterior. Es valiente escribir desde esa complejidad.
 

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