Nada Vratovic
Poeta recién llegado
Más allá de todo, aún cuando no haya un Dios misericorde
que me aguarde cuando el mundo se convierta en un recuerdo
y los insectos hayan lamido las ruinas de mi cuerpo,
te buscaré a través de las épocas, en cada torre
y en cada estrella. Recorreré la imponencia de la nada
tras abandonar el lastre del cuerpo. Y cuando te alcance
no habrá bestia ni fuerza mítica capaz de arrancarme
del refugio de tu pecho, sobre tus huesos de nácar,
sobre esa piel que jamás se enfría. Amor, de ser humano,
tus ojos no llevarían el estigma de los Cielos
grabado en el iris como una cicatriz hecha a fuego,
ni tus labios esconderían la gloria de los diablos;
tus manos no se impregnarían de tamaño talento
y yo podría contener el impulso de venerarte.
Así que debes de ser un dios exiliado de lo eterno,
más antiguo que el Edén o el Seol; belleza primordial,
invocada a través de los siglos por brujas y reyes.
La deidad que me esperará a orillas de la infinidad.
que me aguarde cuando el mundo se convierta en un recuerdo
y los insectos hayan lamido las ruinas de mi cuerpo,
te buscaré a través de las épocas, en cada torre
y en cada estrella. Recorreré la imponencia de la nada
tras abandonar el lastre del cuerpo. Y cuando te alcance
no habrá bestia ni fuerza mítica capaz de arrancarme
del refugio de tu pecho, sobre tus huesos de nácar,
sobre esa piel que jamás se enfría. Amor, de ser humano,
tus ojos no llevarían el estigma de los Cielos
grabado en el iris como una cicatriz hecha a fuego,
ni tus labios esconderían la gloria de los diablos;
tus manos no se impregnarían de tamaño talento
y yo podría contener el impulso de venerarte.
Así que debes de ser un dios exiliado de lo eterno,
más antiguo que el Edén o el Seol; belleza primordial,
invocada a través de los siglos por brujas y reyes.
La deidad que me esperará a orillas de la infinidad.