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Te espero a medianoche

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
La luna, cómplice y curvada, filtraba su luz a través de los visillos, dibujando encajes de plata sobre las sábanas desiertas. El reloj de péndulo marcaba los segundos con un suspiro ronco, cada *tic* un latido más cerca de la medianoche. Él esperaba, envuelto en la penumbra, con el perfume del jazmín trepando desde el jardín—una promesa dulce y antigua.

La puerta cedió sin ruido. *Ella*. Silueta esculpida por la noche, vestida solo de sombras y el eco de un vestido que resbaló al entrar. Sus pasos, descalzos, fueron un rumor sobre la madera, un avance lento que encendió el aire. Él no se movió; sabía que el deseo se teje mejor en la quietud, en el arte de devorar distancias con la mirada.

—Llegaste —murmuró, voz áspera como el terciopelo rasgado.

Ella sonrió, dientes de luna nueva. Sus dedos rozaron el borde de la mesa, trazando círculos imaginarios, mientras la habitación se estrechaba alrededor de ambos.

—Prometí venir —respondió, acercándose hasta que el calor de su piel fundió el espacio entre ellos—. Pero tú... ya habías comenzado sin mí.

La mano de él encontró su cintura, un imán que derribó cualquier pretensión de paciencia. La atrajo, y ella cayó como una ofrenda, sus labios encontrando los suyos en un choque de sal y anhelo. No hubo prisa, solo el lujo de saborear la entrega: lenguas que narraban historias prohibidas, manos que descifraban mapas de piel olvidados.

La lámpara se apagó, o quizás fue la noche conteniendo la respiración. Entre sus cuerpos nació un idioma sin palabras: suspiros ahogados contra el cuello, uñas grabando constelaciones en la espalda, sus nombres repetidos como plegarias rotas. El tiempo se deshizo. El reloj calló.

Cuando al fin se fundieron en las sábanas, fue como dos llamas compartiendo la misma hoguera. Ella arqueó la espalda, él mordió su hombro, y el mundo exterior se volvió ceniza. Solo quedó el crujido de los resortes, el sudor mezclándose como tinta en papel, y la luna testigo, desvaneciéndose en el alba.

Al final, cuando el primer pájaro cantó, ella se incorporó, cabello revuelto y sonrisa de triunfo.

—Hasta la próxima medianoche —susurró, deslizándose de la cama como un sueño que se niega a morir.

Él observó su partida, sabiendo que la espera, ahora, sería otro tipo de tormento. Delicioso.
 
La luna, cómplice y curvada, filtraba su luz a través de los visillos, dibujando encajes de plata sobre las sábanas desiertas. El reloj de péndulo marcaba los segundos con un suspiro ronco, cada *tic* un latido más cerca de la medianoche. Él esperaba, envuelto en la penumbra, con el perfume del jazmín trepando desde el jardín—una promesa dulce y antigua.

La puerta cedió sin ruido. *Ella*. Silueta esculpida por la noche, vestida solo de sombras y el eco de un vestido que resbaló al entrar. Sus pasos, descalzos, fueron un rumor sobre la madera, un avance lento que encendió el aire. Él no se movió; sabía que el deseo se teje mejor en la quietud, en el arte de devorar distancias con la mirada.

—Llegaste —murmuró, voz áspera como el terciopelo rasgado.

Ella sonrió, dientes de luna nueva. Sus dedos rozaron el borde de la mesa, trazando círculos imaginarios, mientras la habitación se estrechaba alrededor de ambos.

—Prometí venir —respondió, acercándose hasta que el calor de su piel fundió el espacio entre ellos—. Pero tú... ya habías comenzado sin mí.

La mano de él encontró su cintura, un imán que derribó cualquier pretensión de paciencia. La atrajo, y ella cayó como una ofrenda, sus labios encontrando los suyos en un choque de sal y anhelo. No hubo prisa, solo el lujo de saborear la entrega: lenguas que narraban historias prohibidas, manos que descifraban mapas de piel olvidados.

La lámpara se apagó, o quizás fue la noche conteniendo la respiración. Entre sus cuerpos nació un idioma sin palabras: suspiros ahogados contra el cuello, uñas grabando constelaciones en la espalda, sus nombres repetidos como plegarias rotas. El tiempo se deshizo. El reloj calló.

Cuando al fin se fundieron en las sábanas, fue como dos llamas compartiendo la misma hoguera. Ella arqueó la espalda, él mordió su hombro, y el mundo exterior se volvió ceniza. Solo quedó el crujido de los resortes, el sudor mezclándose como tinta en papel, y la luna testigo, desvaneciéndose en el alba.

Al final, cuando el primer pájaro cantó, ella se incorporó, cabello revuelto y sonrisa de triunfo.

—Hasta la próxima medianoche —susurró, deslizándose de la cama como un sueño que se niega a morir.

Él observó su partida, sabiendo que la espera, ahora, sería otro tipo de tormento. Delicioso.
Me pareció muy bonita esta historia.
Espero que esa espera, no sea otro tormento.

Saludos hasta PR
 

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