Z. Gómez
Poeta recién llegado
Te sembré,
enmedio de mis campos escarlatas
coloqué tu tallo
protegido con recuerdos
y lo regaba con rubíes
que tomaba de mis ríos
para hacerte florecer.
Quince pétalos brotaste
y uno a uno fueron cayendo
entre nubes que los llovían de regreso
sobre mis ventanas de cristal.
Cultivé tu rostro
con la paciencia que me dieron
tus promesas inconclusas
de tomar mi tierra
y volverla fértil,
otra vez.
Pero no fueron tus pistilos para mí;
pues cuando al fín probé
de tu corola
surgieron mil espinas
y te corté.
La sangre de las palmas,
confundida con la lluvia de mis campos
me ahogó en la realidad
de una batalla no deseada
y que tuve que ganar.
El dolor de mis entrañas
era igual al que una hiedra
produce y reproduce
mientras ahogaba mis lamentos
entre crujidos y temblores.
Y es que yo...
yo te quería noble;
te quería amable
-y me diste espinas...-
te quería pura;
te querìa toda;
te quería
flor.
enmedio de mis campos escarlatas
coloqué tu tallo
protegido con recuerdos
y lo regaba con rubíes
que tomaba de mis ríos
para hacerte florecer.
Quince pétalos brotaste
y uno a uno fueron cayendo
entre nubes que los llovían de regreso
sobre mis ventanas de cristal.
Cultivé tu rostro
con la paciencia que me dieron
tus promesas inconclusas
de tomar mi tierra
y volverla fértil,
otra vez.
Pero no fueron tus pistilos para mí;
pues cuando al fín probé
de tu corola
surgieron mil espinas
y te corté.
La sangre de las palmas,
confundida con la lluvia de mis campos
me ahogó en la realidad
de una batalla no deseada
y que tuve que ganar.
El dolor de mis entrañas
era igual al que una hiedra
produce y reproduce
mientras ahogaba mis lamentos
entre crujidos y temblores.
Y es que yo...
yo te quería noble;
te quería amable
-y me diste espinas...-
te quería pura;
te querìa toda;
te quería
flor.
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