F. Noctívago
Poeta recién llegado
Llega callada, sin pedir permiso,
como una vieja amante que aviva mi olor,
y, sin dudar, se me sienta en las piernas
y me susurra secretos que nadie conoce.
No trae pena ni llanto, no arrastra cadenas,
sólo un vestido de sombras ceñido al hogar,
una copa de vino
y el arte sutil de rozar sin tocar.
Ella no pregunta qué me falta,
sabe que soy más rebelde cuando nadie me mira,
y me muerde el pensamiento
como un deseo que no se nombra,
como un nombre que no se olvida.
A veces la siento reptar por la cama,
tibia, húmeda, curiosa,
y me obliga a sentir en mi espalda
sus dedos de duda gloriosa.
Tiene algo de iglesia vacía,
de bosque donde todo podría pasar.
Su aliento es un eco que invita,
una promesa de abismo
por la que me dejo llevar.
No es castigo,
es caricia oscura que me abre los ojos,
es piel sin cuerpo,
es lengua sin dueño.
En su misterio cohabito,
dueño de nada,
pero entero e íntegro,
y ella,
desnuda,
como una diosa secreta.
como una vieja amante que aviva mi olor,
y, sin dudar, se me sienta en las piernas
y me susurra secretos que nadie conoce.
No trae pena ni llanto, no arrastra cadenas,
sólo un vestido de sombras ceñido al hogar,
una copa de vino
y el arte sutil de rozar sin tocar.
Ella no pregunta qué me falta,
sabe que soy más rebelde cuando nadie me mira,
y me muerde el pensamiento
como un deseo que no se nombra,
como un nombre que no se olvida.
A veces la siento reptar por la cama,
tibia, húmeda, curiosa,
y me obliga a sentir en mi espalda
sus dedos de duda gloriosa.
Tiene algo de iglesia vacía,
de bosque donde todo podría pasar.
Su aliento es un eco que invita,
una promesa de abismo
por la que me dejo llevar.
No es castigo,
es caricia oscura que me abre los ojos,
es piel sin cuerpo,
es lengua sin dueño.
En su misterio cohabito,
dueño de nada,
pero entero e íntegro,
y ella,
desnuda,
como una diosa secreta.