lucian0_pow
Poeta recién llegado
Pretendo hacerte creer,
al mirarte e incluso
cuando nuestras manos no se anulan mutuamente,
que no sería tan iluso
como para en tan corto tiempo, recluso
de tu disfrazada inocencia haberme transformado.
Jamás me presentaría como el inocente
que de tu abrazo, de un día a otro,
se hizo dependiente.
Te hago creer que sería impensable
afirmar que tu desconocido y esquivo planeta,
al que escribe ya le es indispensable.
El ejercicio amatorio
me brindó con los años
y largas reflexiones en mi propio purgatorio,
la sólida tesis: dominante-dominado:
Siempre hay Uno que maneja
los días y sentires de Otro
con el arte, la experiencia
y pillería de una vieja.
Uno, que está del todo consciente,
toma lugar por sobre el Otro;
en quien recae una tortura
apenas incipiente.
Y aunque Otro trate con uñas y dientes
de autocontrolarse
y volver a ser independiente.
Es muy tarde.
Uno ha conquistado y puesto bandera.
Su soberanía en la jornada de Otro
ya no se enfrenta a barreras.
Un minuto crucial y etéreo
dicta quién es quién en esta historia,
mas no por lo volátil del asunto,
dicho momento deja de ser serio.
La trama puede variar
pero los papeles están determinados:
Uno es el poderoso domador.
y Otro, el famélico animal amaestrado.
Sólo resta entonces,
apegarse a los guiones
y llevar adelante este extraño número,
el único que acaba con la bestia hecha jirones.
Otro suele ser inexperto:
y el papel de dominado
solito lo coge su mano,
en un acto tan noble
pero, a la larga, tan caro
como es decir: Uno, te amo.
El punto es que entre tú y yo
no cabe inexperto alguno.
Ambos conocemos tinieblas sangrientas de amores,
mas sólo Dios conoce, el miedo que yo acuno
de jugar de Otro una vez más.
Por eso pretendo
que si te vas, no me importarás.
Tú no serás mi Uno,
asumí esa postura como un divino voto.
No permitiré que malabarees con mi existencia,
jamás seré el Otro.
Para eso dependo de mi talento
y mi empeño al disimular,
que en realidad mi mundo
declara el tuyo amar.
Dependo de lo que pretendo sentir,
y pretendo obligado
por la herencia que dejó en mí
el ejercicio amatorio de años
y las afiladas lágrimas negras
que estos dos pómulos moldearon.
Pretendo
al besarte, al estar de ti a ras
e incluso cuando dopado te miro desde atrás,
que no sería tan imperfecto
como para amarte. Excepto,
que tú lo hagas antes.
Lanzarme cuan ignorante,
cuan inexperto,
a tinieblas sangrientas de amores
una vez más, sería incorrecto.
Yo, disimulo mi amar por miedo a sus efectos.
Y ése, para mí, ya es suficiente pretexto.
al mirarte e incluso
cuando nuestras manos no se anulan mutuamente,
que no sería tan iluso
como para en tan corto tiempo, recluso
de tu disfrazada inocencia haberme transformado.
Jamás me presentaría como el inocente
que de tu abrazo, de un día a otro,
se hizo dependiente.
Te hago creer que sería impensable
afirmar que tu desconocido y esquivo planeta,
al que escribe ya le es indispensable.
El ejercicio amatorio
me brindó con los años
y largas reflexiones en mi propio purgatorio,
la sólida tesis: dominante-dominado:
Siempre hay Uno que maneja
los días y sentires de Otro
con el arte, la experiencia
y pillería de una vieja.
Uno, que está del todo consciente,
toma lugar por sobre el Otro;
en quien recae una tortura
apenas incipiente.
Y aunque Otro trate con uñas y dientes
de autocontrolarse
y volver a ser independiente.
Es muy tarde.
Uno ha conquistado y puesto bandera.
Su soberanía en la jornada de Otro
ya no se enfrenta a barreras.
Un minuto crucial y etéreo
dicta quién es quién en esta historia,
mas no por lo volátil del asunto,
dicho momento deja de ser serio.
La trama puede variar
pero los papeles están determinados:
Uno es el poderoso domador.
y Otro, el famélico animal amaestrado.
Sólo resta entonces,
apegarse a los guiones
y llevar adelante este extraño número,
el único que acaba con la bestia hecha jirones.
Otro suele ser inexperto:
y el papel de dominado
solito lo coge su mano,
en un acto tan noble
pero, a la larga, tan caro
como es decir: Uno, te amo.
El punto es que entre tú y yo
no cabe inexperto alguno.
Ambos conocemos tinieblas sangrientas de amores,
mas sólo Dios conoce, el miedo que yo acuno
de jugar de Otro una vez más.
Por eso pretendo
que si te vas, no me importarás.
Tú no serás mi Uno,
asumí esa postura como un divino voto.
No permitiré que malabarees con mi existencia,
jamás seré el Otro.
Para eso dependo de mi talento
y mi empeño al disimular,
que en realidad mi mundo
declara el tuyo amar.
Dependo de lo que pretendo sentir,
y pretendo obligado
por la herencia que dejó en mí
el ejercicio amatorio de años
y las afiladas lágrimas negras
que estos dos pómulos moldearon.
Pretendo
al besarte, al estar de ti a ras
e incluso cuando dopado te miro desde atrás,
que no sería tan imperfecto
como para amarte. Excepto,
que tú lo hagas antes.
Lanzarme cuan ignorante,
cuan inexperto,
a tinieblas sangrientas de amores
una vez más, sería incorrecto.
Yo, disimulo mi amar por miedo a sus efectos.
Y ése, para mí, ya es suficiente pretexto.