tyngui
Poeta que considera el portal su segunda casa
Todo se traspone y se convierte insolublemente al sarcasmo
mientras tanto el apesadumbrado espejo de los días pasados, refleja la hundida torta del recuerdo; se fija en el presente y se vuelve inconstituible, registra en su dilución radical, una sustancia temporal que viaja conectivamente através de mis emociones.
Insustancialmente, muestra mis días, fija la insostenible capciosidad de una propiedad insólita, como lo es mi sensibilidad.
Mi cuerpo vive en una ciudad de cristal.
Mi mente sueña que ha vivido, cree haber conocido otras gentes, otras mentes, se humecta de recuerdos que a fabricado para sí, o para amortizar una soledad única.
Es ahí, en esa fracción de tiempo en que todo me recuerda un todo, y me hace creer en lo que vivo, y en lo que creo haber vivido.
Tal vez lo único bueno y por lo tanto real, sea el presente, porque automáticamente, formará parte de la insustancialidad de lo que nunca fue, o de lo que genere ciertas dudas de si fue.
No hay punto de partida, no hay punto final, existe una vida gramatical funcional a mi emotividad, que celebra el descubrimiento de los puntos suspensivos, que cuentan con la capacidad de suspender, acción de mantener la incertidumbre, de ser o no ser.
El recuerdo queda instalado en el empirismo, consignándome la interpretación de un presente, construyendo en sintonía, un futuro inmediato, que denodadamente se convertirá en pasado, y con el transcurso del tiempo, dudaré de su existencialidad real. Tal vez por la vejez de mi memoria, quizás por una alienación de la mente, o simplemente porque nunca haya existido.
Insustancialmente, muestra mis días, fija la insostenible capciosidad de una propiedad insólita, como lo es mi sensibilidad.
Mi cuerpo vive en una ciudad de cristal.
Mi mente sueña que ha vivido, cree haber conocido otras gentes, otras mentes, se humecta de recuerdos que a fabricado para sí, o para amortizar una soledad única.
Es ahí, en esa fracción de tiempo en que todo me recuerda un todo, y me hace creer en lo que vivo, y en lo que creo haber vivido.
Tal vez lo único bueno y por lo tanto real, sea el presente, porque automáticamente, formará parte de la insustancialidad de lo que nunca fue, o de lo que genere ciertas dudas de si fue.
No hay punto de partida, no hay punto final, existe una vida gramatical funcional a mi emotividad, que celebra el descubrimiento de los puntos suspensivos, que cuentan con la capacidad de suspender, acción de mantener la incertidumbre, de ser o no ser.
El recuerdo queda instalado en el empirismo, consignándome la interpretación de un presente, construyendo en sintonía, un futuro inmediato, que denodadamente se convertirá en pasado, y con el transcurso del tiempo, dudaré de su existencialidad real. Tal vez por la vejez de mi memoria, quizás por una alienación de la mente, o simplemente porque nunca haya existido.