Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Primero, el aire.
No te acerques demasiado, no la envuelvas, no todavía.
Déjala respirar su espacio,
su mundo intacto, inviolable.
Eres el viento que pasa sin tocarla,
pero que ella siente.
Después, la mirada.
Pero no de frente,
que nunca parezca que es a propósito.
Un desliz entre los espejos del alma,
una danza de sombras en la esquina de su ojo.
Como quien no quiere ver, pero ve.
Luego, el silencio.
No le ofrezcas palabras aún,
ellas pesan demasiado.
Que el silencio hable por ti,
ese hueco entre lo dicho y lo no dicho,
ese compás donde se guarda el misterio.
Ahora, el tacto.
Pero no el cuerpo, no las manos.
Toca lo que ella toca:
el libro que sostiene, el vaso que apoya,
la silla en la que se sienta.
Y cuando el momento llegue,
serás la brisa que apenas roza su piel,
y eso será suficiente.
Y la palabra, sí, ahora sí.
Pero no las obvias, no las grandes.
Di algo tan pequeño,
que se pierda en el murmullo de la gente,
pero que quede colgado en el aire
como una promesa que nunca se cumple
y sin embargo siempre está.
Y finalmente, el paso atrás.
Porque para que ella avance,
tú debes retirarte.
Dejar que su curiosidad
se haga deseo,
y el deseo, hambre.
Porque el truco no es cazar,
es esperar a ser cazado.
Y así, lentamente,
sin que lo note,
te habrás instalado en su tiempo,
en su memoria,
en su piel.
No te acerques demasiado, no la envuelvas, no todavía.
Déjala respirar su espacio,
su mundo intacto, inviolable.
Eres el viento que pasa sin tocarla,
pero que ella siente.
Después, la mirada.
Pero no de frente,
que nunca parezca que es a propósito.
Un desliz entre los espejos del alma,
una danza de sombras en la esquina de su ojo.
Como quien no quiere ver, pero ve.
Luego, el silencio.
No le ofrezcas palabras aún,
ellas pesan demasiado.
Que el silencio hable por ti,
ese hueco entre lo dicho y lo no dicho,
ese compás donde se guarda el misterio.
Ahora, el tacto.
Pero no el cuerpo, no las manos.
Toca lo que ella toca:
el libro que sostiene, el vaso que apoya,
la silla en la que se sienta.
Y cuando el momento llegue,
serás la brisa que apenas roza su piel,
y eso será suficiente.
Y la palabra, sí, ahora sí.
Pero no las obvias, no las grandes.
Di algo tan pequeño,
que se pierda en el murmullo de la gente,
pero que quede colgado en el aire
como una promesa que nunca se cumple
y sin embargo siempre está.
Y finalmente, el paso atrás.
Porque para que ella avance,
tú debes retirarte.
Dejar que su curiosidad
se haga deseo,
y el deseo, hambre.
Porque el truco no es cazar,
es esperar a ser cazado.
Y así, lentamente,
sin que lo note,
te habrás instalado en su tiempo,
en su memoria,
en su piel.