Elendo
Poeta recién llegado
Tras los matojos que pueblan
esta pradera de estrellas,
anda emboscado mi sentir,
al acecho de tu alma,
para abrocharla a su sonrisa,
y convertir en un eco el sonido de su risa.
Tras las cortinas empapadas de mis soles
veo el trasegar de la vida, lenta, dormida,
yo, aletargado en este sentir,
sólo quiero correr, acelerar el calendario,
apuñalar los días que me separan de tus besos,
del calor de tus caricias,
de sentirme especial a tu lado.
Tras esta oscuridad que encierra en el redil
esos besos que no he dado,
esas miradas furtivas, en el ocaso de los vientos,
que traen a mis oídos el sentir de tu garganta.
En esa oscuridad tan sólo veo,
el relucir de mil soles en mil noches,
de mil lunas enyesadas.
Tras el velo de esa luna que acaricia tu piel desnuda
sólo roto por el respirar, que chapotea en tu miel,
muy cerquita de tu ombligo, donde brotan los ríos de tu pasión
acariciando mis labios con ese dulce sabor.
Tras el manto de las cenizas
entre las que retozaba mi alma,
sólo había desiertos,
eriales poblados con el salitre de la desesperanza,
esa misma, que cantó alegrías,
el día que entraste en mi vida.
esta pradera de estrellas,
anda emboscado mi sentir,
al acecho de tu alma,
para abrocharla a su sonrisa,
y convertir en un eco el sonido de su risa.
Tras las cortinas empapadas de mis soles
veo el trasegar de la vida, lenta, dormida,
yo, aletargado en este sentir,
sólo quiero correr, acelerar el calendario,
apuñalar los días que me separan de tus besos,
del calor de tus caricias,
de sentirme especial a tu lado.
Tras esta oscuridad que encierra en el redil
esos besos que no he dado,
esas miradas furtivas, en el ocaso de los vientos,
que traen a mis oídos el sentir de tu garganta.
En esa oscuridad tan sólo veo,
el relucir de mil soles en mil noches,
de mil lunas enyesadas.
Tras el velo de esa luna que acaricia tu piel desnuda
sólo roto por el respirar, que chapotea en tu miel,
muy cerquita de tu ombligo, donde brotan los ríos de tu pasión
acariciando mis labios con ese dulce sabor.
Tras el manto de las cenizas
entre las que retozaba mi alma,
sólo había desiertos,
eriales poblados con el salitre de la desesperanza,
esa misma, que cantó alegrías,
el día que entraste en mi vida.
::