José Valverde Yuste
Poeta que considera el portal su segunda casa
Fue una tarde de marzo,
el sol, seguía el sendero de mi alma inquieta,
el viejo árbol continuaba amando
aquella raíz que me vio crecer
y el lienzo que dibujaba el sol
se hacía mil trozos por el prado.
El tiempo se curvaba
en aquel rincón donde la memoria
se gastaba en las cadenas de tus brazos
y las flores eran ríos de lágrimas
cuando llegaba el hasta mañana.
Este amor de mirada inquieta,
del beso que despertaba el aliento de la mirada,
ese disfraz que cubría tu grieta
se convertía en puerta del cielo,
ese alivio de tus manos llenas de perfume
que se vaciaban con la caricia final.
Ese rayo de luz que se cruzaba
cuando tus labios besaban mis mejillas,
ese horizonte sereno donde descansaba el sol
que era el arquitecto de mis vuelos sin miedo.
Esa corriente de agua que acariciaba mis oídos
cuando se encendía el rayo de luz
que vagaba por mis venas
y tu rosa navegaba en la llama sin consumirse,
era el instante en que nacía la noche.
Llovían Perseidas sobre tu piel inocente,
guirnaldas de azahar de almendro
bautizaban a los dos hemistiquios
que brotaban de tu pecho,
la voz del amor en su amplio espectro
vivía en mí.
El tiempo, era un fragmento de chispas y temblor,
un verbo que consolaba al silencio,
la llama de un espejismo bien cierto,
lo era todo, amor, por eso
nunca se atrevió a descorrer el velo del olvido.
©José Valverde Yuste