Luis Prieto
Moderador Global
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Moderador Global
Corrector/a
Organizador de concursos
Mi mano.
¿Quién ha apagado la lámpara de mi mano?
Ayer era un pájaro,
hoy recuerda,
sólo recuerda,
y yo sigo aquí.
Todavía aquí,
detrás de estos muros de carne
que crecen despacio,
piedra sobre piedra,
silencio sobre silencio.
Escucho, escucho la lluvia
golpear los cristales,
escucho una risa
llegar desde otra habitación,
escucho mi nombre,
y todo sigue teniendo sentido, todo.
El olor del café en la mañana, la tibieza del sol
sobre la ventana,
el vuelo de un gorrión que no sabe
cuánto lo envidio
pero algunas noches,
escucho batir sus alas
dentro de un cristal de nieve.
No comprendo,
no comprendo este lento derrumbe,
esta casa era mía,
la habité durante años,
con estas manos levanté abrazos,
con estos pies perseguí la alegría,
con esta voz llamé amor
a la persona amada.
¿Quién cambia ahora las cerraduras?
¿Quién me expulsa
habitación por habitación?
Hay una escalera de hielo
creciendo en mis huesos.
Cada mañana,
encuentro un peldaño nuevo,
no tengo miedo,
escuchadme bien,
no tengo miedo.
Lo que tengo es asombro,
un asombro negro y silencioso,
porque sigo siendo yo,
completamente yo y sin embargo,
cada mañana despierto
un poco más lejos de mí mismo.
Dios, si todavía recorres
la sangre de los hombres,
dime:
¿en qué rincón de mi cuerpo
te has quedado dormido?
Porque escucho tus pasos
pero vienen de muy lejos,
como un pastor de estrellas
perdido entre la niebla.
Yo aún camino
por las calles de mi infancia,
yo aún corro
detrás de una pelota imposible,
yo aún abrazo a quienes amo,
pero mis brazos
ya no conocen el camino,
y el mundo, que antes cabía entero
entre mis dedos,
se aleja lentamente,
como una barca que suelta amarras
sin hacer ruido.
Pero escuchadme,
escuchadme ahora,
no soy esta mano inmóvil,
no soy esta voz cansada,
no soy la puerta que se cierra,
soy quien espera detrás,
quien mira, quien recuerda.
Cuando ya no pueda alzar la mano,
cuando la voz sea apenas
una brizna de aire,
no digáis que me he ido
habrá todavía un pájaro obstinado
golpeando a la noche.
Lo oiréis detrás de mis ojos,
entre la nieve,
entre los muros,
entre las últimas sombras,
un pájaro pequeño,
herido,
casi invisible
pero vivo...
todavía vivo.
¿Quién ha apagado la lámpara de mi mano?
Ayer era un pájaro,
hoy recuerda,
sólo recuerda,
y yo sigo aquí.
Todavía aquí,
detrás de estos muros de carne
que crecen despacio,
piedra sobre piedra,
silencio sobre silencio.
Escucho, escucho la lluvia
golpear los cristales,
escucho una risa
llegar desde otra habitación,
escucho mi nombre,
y todo sigue teniendo sentido, todo.
El olor del café en la mañana, la tibieza del sol
sobre la ventana,
el vuelo de un gorrión que no sabe
cuánto lo envidio
pero algunas noches,
escucho batir sus alas
dentro de un cristal de nieve.
No comprendo,
no comprendo este lento derrumbe,
esta casa era mía,
la habité durante años,
con estas manos levanté abrazos,
con estos pies perseguí la alegría,
con esta voz llamé amor
a la persona amada.
¿Quién cambia ahora las cerraduras?
¿Quién me expulsa
habitación por habitación?
Hay una escalera de hielo
creciendo en mis huesos.
Cada mañana,
encuentro un peldaño nuevo,
no tengo miedo,
escuchadme bien,
no tengo miedo.
Lo que tengo es asombro,
un asombro negro y silencioso,
porque sigo siendo yo,
completamente yo y sin embargo,
cada mañana despierto
un poco más lejos de mí mismo.
Dios, si todavía recorres
la sangre de los hombres,
dime:
¿en qué rincón de mi cuerpo
te has quedado dormido?
Porque escucho tus pasos
pero vienen de muy lejos,
como un pastor de estrellas
perdido entre la niebla.
Yo aún camino
por las calles de mi infancia,
yo aún corro
detrás de una pelota imposible,
yo aún abrazo a quienes amo,
pero mis brazos
ya no conocen el camino,
y el mundo, que antes cabía entero
entre mis dedos,
se aleja lentamente,
como una barca que suelta amarras
sin hacer ruido.
Pero escuchadme,
escuchadme ahora,
no soy esta mano inmóvil,
no soy esta voz cansada,
no soy la puerta que se cierra,
soy quien espera detrás,
quien mira, quien recuerda.
Cuando ya no pueda alzar la mano,
cuando la voz sea apenas
una brizna de aire,
no digáis que me he ido
habrá todavía un pájaro obstinado
golpeando a la noche.
Lo oiréis detrás de mis ojos,
entre la nieve,
entre los muros,
entre las últimas sombras,
un pájaro pequeño,
herido,
casi invisible
pero vivo...
todavía vivo.