Norainu
Poeta fiel al portal
Todo corto.
Es la mordida del eco o canta un hombre asustado por la sombra del carroñero.
Casi cruel, el deseo por dejar el crepúsculo en indignación.
Dos personas lo hacen todo corto, eso se sabe a solas.
Podrían en otro tiempo, dimensión desde el cerezo al olivo.
Llegó tanto tiempo.
De frente, de adhesión al frente, a esa parte, esa cantidad, un mes y un anochecer.
Canta el acero dormido.
Desde al acantilado se ve una casita en la línea, pequeña dimensión, lienzo.
Pienso que viven dos.
Que viven dentro dos personas.
Tan pequeños, encajados en el granito.
Tienen hambre y no piden y no alcanzan.
No quieren cocinar.
No pueden mirar hacia arriba, intentan, se implican impecables.
Nunca de rodillas.
Vigilan al control.
El control las observa.
Un arco del par escondido por un enigmático imán.
El amor, así tal cual.
Cuando no hay esperanza es cuando se aprende a amar.
Un cóndor le da vueltas a la misma idea.
Sobrevuela esa flecha impasible.
No terminan las paredes y cierran las maletas del sueño que se retrasa.
Aprietan las mañanas buenas.
De mis cosas que son cosas, de las cosas que he perdido.
Infraganti los cristales miran los riscos, como los grandes maestros, como las madres.
Bailar como un animal, ese jardín vacío del paraíso, los reptiles.
Las máquinas corredoras, el candado y el cuchillo,
las cajas de Pandora, el cofre.
Nadie se desmarcó de las cartas del tarot.
Hambre de encontrar alguien en esa casita.
Bajo las mesas.
Bajo las mesas hacer el amor sin comer ni dormir.
Sin comer ni dormir.
Casi cruel, el deseo por dejar el crepúsculo en indignación.
Dos personas lo hacen todo corto, eso se sabe a solas.
Es la mordida del eco o canta un hombre asustado por la sombra del carroñero.
Casi cruel, el deseo por dejar el crepúsculo en indignación.
Dos personas lo hacen todo corto, eso se sabe a solas.
Podrían en otro tiempo, dimensión desde el cerezo al olivo.
Llegó tanto tiempo.
De frente, de adhesión al frente, a esa parte, esa cantidad, un mes y un anochecer.
Canta el acero dormido.
Desde al acantilado se ve una casita en la línea, pequeña dimensión, lienzo.
Pienso que viven dos.
Que viven dentro dos personas.
Tan pequeños, encajados en el granito.
Tienen hambre y no piden y no alcanzan.
No quieren cocinar.
No pueden mirar hacia arriba, intentan, se implican impecables.
Nunca de rodillas.
Vigilan al control.
El control las observa.
Un arco del par escondido por un enigmático imán.
El amor, así tal cual.
Cuando no hay esperanza es cuando se aprende a amar.
Un cóndor le da vueltas a la misma idea.
Sobrevuela esa flecha impasible.
No terminan las paredes y cierran las maletas del sueño que se retrasa.
Aprietan las mañanas buenas.
De mis cosas que son cosas, de las cosas que he perdido.
Infraganti los cristales miran los riscos, como los grandes maestros, como las madres.
Bailar como un animal, ese jardín vacío del paraíso, los reptiles.
Las máquinas corredoras, el candado y el cuchillo,
las cajas de Pandora, el cofre.
Nadie se desmarcó de las cartas del tarot.
Hambre de encontrar alguien en esa casita.
Bajo las mesas.
Bajo las mesas hacer el amor sin comer ni dormir.
Sin comer ni dormir.
Casi cruel, el deseo por dejar el crepúsculo en indignación.
Dos personas lo hacen todo corto, eso se sabe a solas.
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